sábado, febrero 16, 2008

TODO SOBRE RUEDAS



   Cuando a la familia de Mirian Baez la comunicaron que su hija estaba viva de milagro, pero que pasaría el resto de sus días confinada al escenario de una silla de ruedas, pensaron que se trataba del menor de los males, tras aquel fatídico accidente de tráfico, en el que habían fallecido de forma instantánea sus otros dos ocupantes, un jefe y una compañera de trabajo, que regresaban de una reunión de negocios. Una imprudente maniobra del jefe que, envalentonado, conducía arriesgando sin necesidad, les empotró bajo las ruedas de un camión cisterna al que no pudieron esquivar, en un cambio de rasante inoportuno.

   El médico señaló hacia el final del pasillo:

– ¡Mírela usted mismo!

   Los padres contemplaron a Mirian, que se aproximaba hacia ellos sobre la silla de ruedas. Costaba creer que aquella paupérrima figura guardase la suficiente energía para lograr moverse en aquel asiento metalizado. Una extrema delgadez asomaba a los brazos y piernas de Mirian que, a causa del accidente, tampoco era capaz de articular palabra. El primer año en el hospital nadie apostaba por ella, ni siquiera por el estrecho margen de futuro del día siguiente. Hoy, trasladada de forma definitiva, al centro de rehabilitación donde residía en régimen de interna, tampoco. Sin embargo asombraba la aparente soltura con la que se desenvolvía en su nuevo medio transporte. Tal vez en su fuero interno –pensaron sus padres–  se habría hecho a la idea de que aquella vieja silla iba a convertirse en su único modo de moverse para siempre. Todos los días recorría el largo del pasillo, no una sino varias veces, desde su habitación hasta la sala donde se reunían los demás enfermos. El médico informó al padre de los avances conseguidos, ante la cadena de preguntas con que le asediaba; la madre escuchaba, sumido el rostro en un pañuelo de tela, húmedo en exceso, tras el que se escudaba, incapaz casi de soportar la visión de su hija inutilizada de por vida. Pero Mirian manejaba la silla con sorprendente destreza, recorría los pasillos de arriba a abajo y viceversa, hasta el ascensor, para descender hasta la zona ajardinada del patio, donde bordeaba el recinto, en una especie de circuito interior, que los médicos consideraron favorable para su recuperación. Bajo la mirada supervisora de las enfermeras que la cuidaban, llegaron incluso a pensar, en alguna ocasión, que aquella muchacha parecía impulsada por un fuerza ajena, sobrehumana.

   Fue gracias a esas pequeñas conquistas que su hija lograba, desafiando todos los pronósticos de los médicos más optimistas, que a su padre se le había ocurrido la feliz idea: le iban a regalar una silla nueva de ruedas, pero de esas automáticas, con sistema electrónico incorporado, para facilitarle las maniobras más complicadas con sólo apretar un botón o activar una manivela.

  La madre no tardó en estallar en sollozos ante la presencia de la chiquilla, que había llegado junto a ellos. Mirian les miraba sin gesto, sin posibilidad de mediar palabra. Su padre le acariciaba el lacio cabello arrubiado, al tiempo que le repartía besos al oído, acompañados de palabras tiernas de ánimo.

–Hoy te traemos una sorpresa que te va a encantar, cariño…

(...)

(CONTINÚA en…)

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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !