El médico señaló hacia el final
del pasillo:
– ¡Mírela usted mismo!
Los padres contemplaron a Mirian,
que se aproximaba hacia ellos sobre la silla de ruedas. Costaba creer que
aquella paupérrima figura guardase la suficiente energía para lograr moverse en
aquel asiento metalizado. Una extrema delgadez asomaba a los brazos y piernas
de Mirian que, a causa del accidente, tampoco era capaz de articular palabra.
El primer año en el hospital nadie apostaba por ella, ni siquiera por el
estrecho margen de futuro del día siguiente. Hoy, trasladada de forma
definitiva, al centro de rehabilitación donde residía en régimen de interna,
tampoco. Sin embargo asombraba la aparente soltura con la que se desenvolvía en
su nuevo medio transporte. Tal vez en su fuero interno –pensaron sus
padres– se habría hecho a la idea de que
aquella vieja silla iba a convertirse en su único modo de moverse para siempre.
Todos los días recorría el largo del pasillo, no una sino varias veces, desde
su habitación hasta la sala donde se reunían los demás enfermos. El médico
informó al padre de los avances conseguidos, ante la cadena de preguntas con
que le asediaba; la madre escuchaba, sumido el rostro en un pañuelo de tela,
húmedo en exceso, tras el que se escudaba, incapaz casi de soportar la visión
de su hija inutilizada de por vida. Pero Mirian manejaba la silla con
sorprendente destreza, recorría los pasillos de arriba a abajo y viceversa,
hasta el ascensor, para descender hasta la zona ajardinada del patio, donde
bordeaba el recinto, en una especie de circuito interior, que los médicos
consideraron favorable para su recuperación. Bajo la mirada supervisora de las
enfermeras que la cuidaban, llegaron incluso a pensar, en alguna ocasión, que
aquella muchacha parecía impulsada por un fuerza ajena, sobrehumana.
Fue gracias a esas pequeñas
conquistas que su hija lograba, desafiando todos los pronósticos de los médicos
más optimistas, que a su padre se le había ocurrido la feliz idea: le iban a
regalar una silla nueva de ruedas, pero de esas automáticas, con sistema
electrónico incorporado, para facilitarle las maniobras más complicadas con
sólo apretar un botón o activar una manivela.
La madre no tardó en estallar en
sollozos ante la presencia de la chiquilla, que había llegado junto a ellos.
Mirian les miraba sin gesto, sin posibilidad de mediar palabra. Su padre le
acariciaba el lacio cabello arrubiado, al tiempo que le repartía besos al oído,
acompañados de palabras tiernas de ánimo.
–Hoy te traemos una sorpresa que te va a encantar, cariño…
(CONTINÚA en…)
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