sábado, diciembre 26, 2009

LEYENDA DE TIERRA NEGRA


   Una vez arriba, desde la cima, El Montañés pudo contemplar entre halos de niebla la emblemática Shamphuroa, una de las siete ciudades sagradas, la dedicada al Trueno y consagrada a la enigmática diosa. Entre ambos mediaba una barrera insalvable, que la naturaleza dispuso a modo de frontera protectora. Les separaba el sobrecogedor cañón de Troujjon, tan profundo que nadie nunca escuchó la caída de una piedra troujja, de reputada dureza. El Montañés se había propuesto esquivar la garganta sin fondo, así que escogió bordearla, aunque ello significase atravesar el bosque de la Tierra Negra, tan espeso como dos noches a caballo. Pero no existía otra alternativa. Cuentan que las temibles tribus que habitan el bosque se convierten en árboles cuando llega la oscuridad, pero El Montañés hizo oídos sordos a estas palabrerías y descendió, lomo abajo, a su encuentro. El día acababa de comenzar y no tenía tiempo que perder. Antes, a la entrada de la espesura, desmontó junto al riachuelo, para que la yegua bebiera. Luego se despojó de su vestimenta y, desnudo, embadurnó su cuerpo entero y el de la yegua con una mezcla de barro fresco y musgo. Arrancó dos manojos de muérdago, que se colgó al cuello y, una vez guardó las ropas en la alforja, emprendió la marcha hacia el interior del bosque...
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martes, diciembre 08, 2009

ENTRE SOMBRAS


   Era otra sombra más que, al amparo de la oscuridad, se abría paso entre los tejados de la ciudad dormida. Una media luna menguante rasgaba el cielo, pero nadie observó las sombras que se proyectaron en los edificios próximos ni oyó resbalar los pasos sobre las cúpulas doradas de Nathamyâe. En otro tiempo fue capital del imperio, aunque hoy solo la presencia del palacio imperial recordaba la solemnidad de su pasado glorioso. Sus dependencias guardaban otro vestigio de no menos valor, la hija única del emperador dormía plácida en la sala alta de la torre, custodiada por la guardia que su padre destinó a tal misión. La antigua capital ocupaba un enclave privilegiado y, desde su otero estratégico, dominaba el estrecho de Isla Dhizdo, paso obligado al puerto de El Piergel y otras ciudades costeras. Allí, es frecuente en esta época el viento del sur que trae el calor que las dunas del desierto almacenaron durante el día y, desde lo alto de la torre, puede avistarse la costa cercana, al tiempo que se deja notar la brisa suave que inunda la estancia donde descansa la princesa, rendida, tranquila y ajena a las sombras que cruzan la noche.
Una de esas sombras se descuelga por la cornisa y, sigilosa, se adentra por la ventana en la habitación. Un brillo metálico delata el arma que empuña y, por breves instantes, cobra forma humana confundida entre los visillos. En la noche cálida la brisa costera mece los visillos transparentes que se adhieren al cuerpo del hombre que empuña la daga y de la otra sombra que, momentos atrás, acechaba oculta. Tampoco se oyó ni un grito, solo el deslizante filo entre los visillos y el hombre de la daga cayó desplomado torre abajo. El estrépito del arma no desveló el sueño en Palacio y, con el mismo sigilo que llegó, la primera sombra desapareció sobre las azoteas antes de que el alba despuntara vigilante.
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