martes, marzo 09, 2010

LOS EPISODIOS DE EL MONTAÑÉS


   El Montañés nació hace muchos años como una serie de relatos independientes inspirados en las antiguas novelas de aventuras, los cuadernos de viaje y las leyendas populares. Con el tiempo comprendí que todos ellos formaban parte de un único itinerario, el viaje de un hombre cuya identidad nunca termina de revelarse por completo. Esta edición reúne por primera vez esos relatos junto a su adaptación a novela gráfica, respetando la estructura original de cada episodio e incorporando mapas, ilustraciones y documentos que pretenden ofrecer al lector la sensación de recorrer, junto al protagonista, un mundo situado entre la Historia y la leyenda.

  Nadie volvió a verlo.

Algunos afirmaban haber encontrado sus huellas, otros juraban haber visto un jinete solitario.

Tal vez ninguno dijera la verdad.

O quizá todos.

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sábado, enero 30, 2010

OTRO EPISODIO DE EL MONTAÑES


   No era la primera vez que utilizaba el paso oriental, la antigua ruta que unía el norte asiático con los bosques americanos, pero sí lo era atravesarla en pleno invierno. Durante los últimos meses había compartido correrías con otro trampero lapón, un experimentado indígena que también acusó las ventajas de estar bien acompañado en épocas difíciles. La destreza con el cuchillo y la afinada puntería en el tiro les permitió sobrevivir en las duras condiciones que el temido invierno allí imponía. Además, los aires de guerra que asolaban la región creaban aún menores expectativas de futuro. Sin embargo, la oportunidad del negocio con los renos que surgió casualmente quedaba mermada si tenían que participar ambos, no daba para tanto y, allí, las oportunidades no podían desecharse, pues significaba errar el tiro.
A la mañana siguiente le despertaron los disparos y el bullicio de las calles. En la choza no quedaba ni rastro del compañero ni de sus enseres. Había desaparecido y se había llevado también su caballo y silla incluida. El Montañés apretó con rabia el fusil con el que dormía y salió a la calle. El humo que levantaban los ataques y los saqueos entre la población obligaban a la huida inminente. Hubo de cruzar la frontera a pie, evitando los caminos donde se ocultaban los bandoleros prestos al pillaje. Tardó semanas en bordear montañas, días enteros en escalar sus riscos, hasta llegar por fin a los hielos. Mucho antes ya empezó a dejarse notar el frío. No fue difícil hacerse de un trineo, gracias a su habilidad con el hacha los leñadores no despreciaron la ayuda de un par de fuertes brazos voluntariosos.
El paisaje ahora era blanco brillante por los cuatro costados y aún pudo toparse camino al gran lago con las pistas heladas, que hacían daño con solo mirarlas. En medio de una de ellas, desde la distancia, pudo reconocer a un viejo conocido... El hielo había cedido al paso del lapón que, hundido con el peso de toda su mercancía, tendía la mano desesperada en señal de auxilio. La gélida grieta ya se había tragado su trineo y parte de los perros. El Montañés no quiso mirar atrás, indiferente y distante, prosiguió su marcha adelante intentando eludir el borde lateral de la pista central. Ser compañero es una palabra muy seria y él era poco amigo de hablar en vano. Ni le importó ni acabó de ver cómo la mano rígida de su antiguo compañero se sumergió al tiempo que el último de los perros.
(...)

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sábado, enero 09, 2010

MÁS ALLÁ DEL BOSQUE


   No podían avanzar más rápido. La cojera del compañero les retrasaba el paso, aunque cada día recorrían varios kilómetros. No es que se conocieran de toda la vida, apenas cuatro años atrás, pero la calaña de sus tropelías los había unido mucho más allá que las esposas que atenazaban sus muñecas. Primero fue el desfalco aquel en el Banco donde coincidieron, después otro y otro más, hasta que fueron encarcelados. Quizás demasiado jóvenes para estar dispuestos a pasar el resto de su existencia entre rejas, sí, por eso lo decidieron durante el trayecto que los conducía a la prisión de alta seguridad en Dolbler. Había que arriesgarse.
Se deshicieron del vigilante que los custodiaba, estrangulándole entre sus esposas y, antes de que el otro soldado, que esperaba en el vagón contiguo, lo percibiese, saltaron... El tren se adentraba ya en los túneles que atraviesan la gran cadena montañosa y aún pudieron escuchar su pitido, mientras caían puente abajo. Fue una caída limpia, desde más de veinte metros de altura, hasta el cauce caudaloso del embalse salvador que les acogía. Sin embargo, en la orilla el compañero ya se quejó, tal vez una mala posición de las piernas al entrar al agua, pero el pie izquierdo se quedó resentido.
Caminaban despacio, intercalando breves descansos que cada vez se prolongaban cada menos tiempo. Dentro del bosque, el hallazgo de la cabaña de un trampero les sirvió de consuelo y supuso la reposición de víveres para unas cuantas jornadas más. Así, llegaron a las montañas. En su huída, a veces, instintivamente echaban la vista atrás. Habían transcurrido varias semanas desde su fuga y, tarde o temprano, casi esperaban encontrarse con la patrulla que habría ya salido en su búsqueda. Así, siguieron camino seguro por la línea que separaba el bosque de la montaña. Desde lo alto podían observar si alguien se acercaba y siempre tenían el bosque a mano para adentrarse y escapar. Lo que nunca imaginaron fue que solo un jinete apareciera en el horizonte tras ellos y, hasta cabía en lo posible que ni siquiera formara parte de la patrulla. Lo observaron desde lejos en su lento cabalgar, se diría que impasible, hasta que estuvo lo suficientemente próximo para alcanzarlo de un disparo... Lo que hubieran dado entonces por un arma! El jinete detuvo su marcha, obedeciendo a un sexto sentido al que solo son capaces de atender los expertos en el terreno. Y permaneció allí, en pie junto a su montura, inmóvil. Precisamente, era aquella inmovilidad lo que les inquietaba cada mañana. Hubieran avanzado más o menos durante el día entero, a la mañana siguiente la silueta oscura de aquel endiablado jinete permanecía quieta, siempre a la misma distancia. No había lugar a dudas de que sabía de su presencia, pero aquella persecución calculada les obligaba a cambiar su estrategia. Ahora más que nunca había que evitar los espacios abiertos, ya no podían utilizar el borde rocoso de la montaña para su huida, pues quedaban a la vista de su perseguidor. Además, también ignoraban lo que podría tardar en aparecer el resto de su cuadrilla, por lo que se desviaron al interior del bosque. Allí podrían ocultarse, incluso emboscarse y, quizás, si daban con el río podrían huir más rápido y borrar su pista.
(...)
                               

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