martes, diciembre 26, 2006
viernes, diciembre 22, 2006
ÚLTIMA ESPERANZA
La guardia había transcurrido
como otra noche de tantas; las típicas borracheras de fin de semana y los
efectos de alguna pelea callejera, nada de especial relevancia, que no pudiese
solventar un servicio de urgencias como el de aquel hospital comarcal. Pero
Ferdinand se sentía cansado. La llegada de sus compañeros, que entraban para el
cambio de turno, le animó de repente. Los saludos y las bromas se sucedían
entre cafés y pastas; casi lograban ahogar el sonido de fondo de las noticias
televisivas. Clarice había traído unos bollos rellenos de crema para comenzar
la jornada e insistía para que todos los miembros del equipo los probasen. Luego
llegó Josh, con su maniática costumbre de aumentar el volumen del televisor.
Siguieron conversando e intercambiando impresiones, pero las noticias de los
informativos apagaron el cálido sabor de uno de los momentos preferidos de
Ferdinand. La locutora anunciaba la gravedad de la situación internacional, con
la suma de otro país más a la alianza de naciones que ya disponían de armas
nucleares y que amenazaban el equilibrio del bando de las superpotencias. No
había día, ni noticiero, que no insistiese sobre la actualidad del conflicto,
pero de alguna manera el ciudadano de a pie parecía inmunizado. El entusiasmo
inicial dio paso a un murmullo callado, mientras la mayoría atendía a la
noticia. Ferdinand no se pudo contener…
–Siempre lo mismo. Mejor que apagaras el aparato ese, Josh…
Josh, sentado a su lado,
manipulaba la mantequilla en una tostada, mientras pedía otro café, que Clarice
sirvió rápida; también aceptó uno de los bollos que ella había preparado.
–Sí, están buenos, Clarice. Gracias –respondió, al tiempo que se volvía
para contestar a su compañero médico– . Esto va a estallar un día, Ferdi, no
pases mal rato…
–Pues por eso, ¿qué más te da? ¿acaso no tratas demasiados dramas a lo
largo del día como para encima aguantar más de lo que nos echan?– a Ferdinand
no le preocupaba disimular su enfado.
–Chico, no te lo creas todo. Me da la impresión de que has tenido mala
guardia, ¿eh?... –Josh rompió a reír.
El revuelo del pasillo les hizo
desviar la atención hacia los compañeros, que empujaban las camillas con más
trabajo para otra jornada, que ya había comenzado.
–Te dejo, Ferdi, a ti te toca salir y yo empiezo. Vamos a hacer algo por la
vida… – Josh se incorporó de inmediato, con la bata aún colgada del brazo.
– Sí, disculpa, Josh, estoy cansado. Suerte. –contestó Ferdinand, aunque su
colega ya iba en pos de los accidentados, que acababan de entrar.
Se trataba de un choque de
vehículos con dos implicados, ambos heridos; uno de gravedad, habría que
intervenir antes de quedar ingresado; el otro precisaría varios puntos de
sutura. Una tercera camilla llegó tras ellos, aunque hubo de quedarse a esperar
a un lado del pasillo, justo enfrente de la puerta abierta de la sala de
reuniones.
– Ahí te dejo esto, Ferdi, hemos de marchar otra vez, la mañana empieza
fuerte…
A Ferdinand no le dio tiempo a
explicar que estaba saliente de guardia, pero aceptó el encargo. Se postró
frente al enfermo, un viejo con trazas de vagabundo que, al parecer, se vio
implicado en medio de la colisión de los conductores que entraron a urgencias
antes que él. Ferdinand volvió a entrar a la sala en busca del fonendo y
aprovechó para realizarle un rápido reconocimiento y, así, adelantar la tarea
para cuando sus compañeros vinieran a buscarle. El anciano respiraba con
dificultad.
–¿Qué le duele?
El vagabundo no respondió. Del televisor aún salían los ecos de las noticias mil veces repetidas, con excesivo volumen para su gusto; y un pegajoso olor a crema, proveniente de los bollos rellenos de Clarice, impregnaba el pasillo. Ferdinand comprobó que, aparte de un hematoma en el hombro, no había lesiones serias, tan sólo un debilitamiento general, más propio de un modo de vida poco saludable…
(…)
(CONTINÚA en…)
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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !


