jueves, mayo 16, 2019

LEER RELATOS


 LUIS TAMARGO es escritor y Técnico Superior en Documentación Sanitaria. Formado en estudios humanísticos por la Universidad de Cantabria (Programa Senior Plus), ha publicado poesía, teatro, relatos y novela. Su trabajo literario se caracteriza por una atención especial al lenguaje y la estructura narrativa. Ha publicado Escritos Para Vivir (1998), su primer libro de poemas; Era Un Bosque (2004) y A Media Distancia (2006), de narrativa. Ganó el I Premio de Narración Breve del Consejo Social de la Universidad de Cantabria, con el relato titulado Una aventura singular, en 2017. Y en 2018, obtuvo el I Premio de Poesía Manuel Arce con su Poemario de rumbos. Con el relato Balas perdidas quedó ganador del III Certamen de Relato Corto de la Asociación Pasucos de la Universidad de Cantabria, en 2019. Quedó finalista con Relatos después de la lluvia en el Certamen de la editorial Libro Veo, Libro Leo, en 2023. Y en 2025, con su antología de Pases escénicos se estrena en el género teatral. Sus novelas Caminos del aire, Diosas de piedra, Nadie sospecha, Melodía desafinada, Algunas piezas sueltas, Una señal de Luz, Todos los veranos prestados y Frutos tardíos están disponibles en Amazon. Ha colaborado también en revistas literarias como Narrativas, Arco, Letras o Amalgama, entre otras. Actualmente trabaja en el ámbito de la novela y prepara una nueva selección de relatos breves, donde la prosa adquiere esa dimensión pictórica y emocional que le caracteriza. 



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lunes, abril 29, 2019

UNA AVENTURA SINGULAR




   Sólo a ella podía ocurrírsele semejante locura. No hizo más que posar el pie en el aeropuerto de Nairobi y el fino tacón alto de su sandalia se quebró como la porcelana…
 A duras penas arrastró su cojera al compás del portamaletas hasta la puerta de salida, pero su sorpresa no había hecho nada más que comenzar… ¿Dónde estaban las aceras allí…?, se preguntó, sin salir de su estupefacta expresión de asombro. El polvo llenaba las calles y, de repente, cayó en la cuenta de que era un visible e indisimulable centro de atención, con su piel clara y la cabellera rubia, a la que tanto trabajo dedicaba y de la que tanto gustaba alardear al viento. Sí, tenía la impresión de que toda la gente del mundo le miraba, toda la gente de color, pues en aquel lugar sólo ella parecía desentonar. Con una mano sujetaba el asa del equipaje y en la otra, para compensar lo incómodo del desequilibrio, optó por sostener el zapato roto. Un par de hombres se le acercaron, pero no pudo reconocer ni una sola de sus palabras… Aunque se lo advirtieron antes, no se imaginaba lo necesario que ahora iba a resultarle el dominio del inglés. Al final de aquella hilera de vehículos empolvados le pareció distinguir la figura de una persona con rasgos europeos; al acercarse comprobó que, en efecto, se trataba de un blanco maduro, regordete, vestido con traje de safari que, al girarse y reconocerle, pareció quedar aún más pasmado que los lugareños…

–¿Habla usted inglés, señorita…?

 –…Sí, no sabe qué alegría me da encontrar a alguien por aquí… Disculpe, pero entiéndame, con quien poder hablar…

   El hombre echó atrás su agrietado salacot y se rascó la barba en un gesto de incredulidad.

 –Desde luego que lo que le trae por aquí, señorita, debe de ser urgente, porque…  –el hombre siguió con la vista el recorrido del cuerpo de la joven, sin acabar la frase. A Judith no le pasó desapercibido que su atuendo no era quizás el más apropiado para aquel viaje –había sido todo tan repentino–, pero disculpó con cierta benevolencia el descaro del barbudo inglés, no tenía otra elección allí. Así, abrió el pequeño bolso de mano de color rosa, que llevaba colgado del brazo y revolvió en el interior, dispuesta a hacérselo entender a su desconsiderado interlocutor. Extrajo un pequeño papel arrugado que desdobló y leyó en voz alta, ante los atónitos ojos del barbudo gordinflón:

 –…Richard J. Mulligan, reserva de Al Marai Mara…

 –¿…Quiere decir que viene desde Europa con estas señas como única dirección, señorita? –el inglés no daba crédito a lo que contemplaba, aunque reaccionó rápido–. Verá, yo sólo puedo llevarle hasta la reserva Mara, pero dejarle allí me da cargo de conciencia y ya voy haciéndome algo mayor para ese tipo de remordimientos…

   Judith se agarró a sus palabras como a un clavo ardiendo, no tenía otra escapatoria.

 –Pues trato hecho, le abonaré el importe del trayecto, ¡lo demás corre de mi cuenta y riesgo!

 –¿Riesgo dice? No lo sabe usted bien, amiga –el barbudo reinició la tarea de reacomodar los equipajes de sus viajeros en los vehículos cuatro por cuatro, donde hizo un hueco para el de Judith. Luego le hizo señas para que tomara asiento antes de que el resto de viajeros se apercibiese de que no pertenecía a la excursión.

 –No hable ni una palabra, usted será mi secretaria…

 –¿Quedan muchos kilómetros hasta ese lugar, oiga? –preguntó Judith a través de la ventanilla abierta, mientras se ajustaba un par de sandalias, con gesto de alivio.

 –Más de doscientos cincuenta, así que póngase lo más cómoda que pueda, haremos pocas paradas…

 

   Así comienza el relato “UNA AVENTURA SINGULAR”, que da título al libro y que logró el Premio de Narración Breve del Consejo Social de la Universidad de Cantabria en 2017. Posteriormente lo edité acompañado de tres relatos más para dar cuerpo a una obra de ficción con carácter histórico.

   La aparición de nuevas herramientas creativas, y entre ellas la inteligencia artificial, abrió una posibilidad que en otros tiempos habría resultado difícil —o imposible— de abordar de manera individual. De pronto, aquel viejo proyecto juvenil podía encontrar un camino. No se trataba de sustituir la escritura, ni de renunciar a la imaginación propia, sino de explorar una nueva forma de acompañarla. Las imágenes que componen este libro han sido realizadas con la ayuda de inteligencia artificial a partir de una dirección creativa, de descripciones, decisiones, correcciones y elecciones encaminadas a dar forma visual a unos relatos previamente concebidos y escritos.

   La escritura sigue siendo el origen.

 El estilo narrativo, la voz, el ritmo, los personajes y las historias nacieron antes que sus imágenes. Y quizá por eso este libro no pretende presentar la inteligencia artificial como un reemplazo de la creatividad humana, sino como una posibilidad de colaboración entre la imaginación y una tecnología capaz de ofrecerle nuevos caminos visuales.

*”Relato ganador del Premio Narración Breve del Consejo Social de la Universidad de Cantabria, 2017”: 
© Luis Tamargo.-

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jueves, mayo 24, 2018

BALAS PERDIDAS

 

   A pesar de que era tarde, llegaba justo a tiempo para cenar. Los informes de fin de mes prolongaban en exceso el trabajo; además le disgustaba dejar a su mujer y su hijo solos en casa, tras la ola de robos y asaltos que, desde hacía varios meses, tenían atemorizada a toda la urbanización. Uno de sus vecinos, el juez Straiton, ahora jubilado, había propuesto crear patrullas de vigilancia organizadas por ellos mismos, pero Terry era más partidario de encomendar la tarea a los auténticos profesionales de la seguridad, aunque él ya había tomado sus medidas particulares de prevención.
Cuando entró en casa encontró a Clarice y al pequeño Matt ya a la mesa.
–No hemos hecho más que sentarnos –saludó ella, incorporándose; después de un fugaz beso de bienvenida, se dirigió a la cocina.
El pequeño Matt se abalanzó sobre su padre.
–¡Papi, papi, vamos a jugar, papi!…
Terry sonreía mientras le abrazaba. Últimamente no había quien le quitara al niño aquellas palabras de la boca: jugar, jugar… A fin de cuentas eso es lo que, con casi diez años, tenían que hacer los niños.
Le sentó sobre sus rodillas y, antes de que volviera la madre, sacó el revólver que guardaba en la gabardina; sabía que a ella no le gustaría. Sujetó la mano del pequeño entre las suyas y, empuñando el arma, apuntaron hacia el techo…
–¡Pam, pam! –el pequeño Matt disfrutaba sin dejar de disparar hacia el televisor, la lámpara, los cuadros– ¡Pam, pam, pam!...
Clarice regresó con su cena sin disimular un gesto de desagrado, pero Terry reaccionó con rapidez:
–¡Venga, ahora a cenar, se acabó el juego!...
No obstante no se libró de la consabida reprobación de su esposa.
–Sabes que no me gusta que juegues con eso, Terry, no deberías acostumbrarle a…
–¡No es para tanto, mujer! –atajó él, intentando embromar la situación–. No se cansa de jugar este chiquillo…
Ella pareció ceder, se acordó de repente de que la señora Levin vendría de visita, al día siguiente.
–Mañana se hartará de jugar con Philip, su amigo del alma. La señora Levin quiere enseñarme las fotos de sus últimas vacaciones.
Durante la cena charlaron del trabajo, de sus próximas vacaciones y de las recientes incidencias en el barrio…
–¿Sabías que atracaron al matrimonio Conway el pasado fin de semana? –Clarice enseguida le puso en antecedents, con todo lujo de detalles–. Se encontraron con media casa desvalijada, a su vuelta. Dice la policía que no se toparon con los ladrones dentro de puro milagro…
A Terry comenzó a disgustarle el tema de conversación, pero Clarice continuaba adelante con la explicación de los pormenores.
–…Fíjate que el chalet de los Scovell está pegado al suyo y Joie Scovell no oyó nada. Me la encontré este mediodía, a la salida del colegio. No hablan de otra cosa…


*<<Relato ganador del III Certamen de Relato Corto de la Asociación "Pasucos" 
de Alumnos Senior de la Universidad de Cantabria, 2019>>
© Luis Tamargo.

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viernes, mayo 11, 2018

MIL METROS LIBRES

 
   Cuando sonó el teléfono acababa de acicalarse el bigote que le había acompañado en sus últimos veinte años de abogacía. Sin soltar las tijeras atendió la llamada con la otra mano...
 -Entendido, acudiré de inmediato.
   La prisión de alta seguridad de Sacramento queda a apenas diez minutos de autovía desde el núcleo urbano, elevada sobre un minúsculo promontorio goza de uno de los enclaves geográficos más idílicos y seguros que puede desearse para este tipo de construcciones. A la orilla del mar, del que le separa tan sólo una banda ancha de arena, la prisión se erige en obstáculo insalvable frente al paisaje.
   Rodolfo Mantini era uno de estos cientodoce privilegiados. Desde el ventanal superior de su celda podía disfrutar del inmenso horizonte marino e, incluso, llegaba a atisbar parte de la playa que desembocaba en la franja costera. De las conversaciones con otros reclusos sacó la conclusión de que, paralela a ella, transcurría el ramal de una autovía cercana, pero que si uno atravesaba la playa en todo su largo, con sólo cruzar la carretera podía adentrarse ya en la población y, una vez allí, acceder a un vehículo o a la estación de trenes resultaría aún mucho más fácil. Claro que estas últimas cavilaciones ya formaban parte de su cosecha propia pues con nadie compartió la urdimbre de su plan. El mes anterior su compañero de celda contigua, un ex director bancario, apareció con un nudo de sábanas atado al cuello y, si algo tenía claro, era que no estaba dispuesto a sucumbir a aquel lento martirio sin ofrecer resistencia. Le ayudaba aquel océano vecino, el rumor de olas que cada noche mecía en calma las inquietudes que durante la jornada desgastaba en tramar una vía de escape.
   Se había estado preparando durante años, alguno menos de los que llevaba encerrado, pero más de los que pensaba permanecer allí, pues su condena nunca le permitiría salir. A sus cuarenta y cuatro años la forma física era un objetivo que recuperar, aunque sin demasiado sacrificio pues, si bien en los últimos años de la universidad las tareas del profesorado le mantuvieron en exceso ocupado, tampoco le impidieron dedicar tiempo al equipo de baloncesto del que era tutor. Así que, con unos estiramientos y una serie de ejercicios practicados con regularidad terminó de ponerse a punto, consciente de que una playa de apenas un kilómetro lo separaba de la libertad.

 Entiendo la inteligencia artificial como lo que es para mí en este proyecto: una herramienta creativaComo tantas otras herramientas que, a lo largo del tiempo, han ampliado las posibilidades de expresión de quienes escriben, dibujan, fotografían, componen o filman. La herramienta no sustituye necesariamente a la mirada. El lector puede elegir entre la edición escrita o la visual: lo que importa es la lectura.








*<<Publicado en Antología Certamen Grupo Búho, 2004.>>: 










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martes, marzo 09, 2010

LOS EPISODIOS DE EL MONTAÑÉS


   El Montañés nació hace muchos años como una serie de relatos independientes inspirados en las antiguas novelas de aventuras, los cuadernos de viaje y las leyendas populares. Con el tiempo comprendí que todos ellos formaban parte de un único itinerario, el viaje de un hombre cuya identidad nunca termina de revelarse por completo. Esta edición reúne por primera vez esos relatos junto a su adaptación a novela gráfica, respetando la estructura original de cada episodio e incorporando mapas, ilustraciones y documentos que pretenden ofrecer al lector la sensación de recorrer, junto al protagonista, un mundo situado entre la Historia y la leyenda.

  Nadie volvió a verlo.

Algunos afirmaban haber encontrado sus huellas, otros juraban haber visto un jinete solitario.

Tal vez ninguno dijera la verdad.

O quizá todos.

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sábado, enero 30, 2010

OTRO CAPITULO DE EL MONTAÑES


   No era la primera vez que utilizaba el paso oriental, la antigua ruta que unía el norte asiático con los bosques americanos, pero sí lo era atravesarla en pleno invierno. Durante los últimos meses había compartido correrías con otro trampero lapón, un experimentado indígena que también acusó las ventajas de estar bien acompañado en épocas difíciles. La destreza con el cuchillo y la afinada puntería en el tiro les permitió sobrevivir en las duras condiciones que el temido invierno allí imponía. Además, los aires de guerra que asolaban la región creaban aún menores expectativas de futuro. Sin embargo, la oportunidad del negocio con los renos que surgió casualmente quedaba mermada si tenían que participar ambos, no daba para tanto y, allí, las oportunidades no podían desecharse, pues significaba errar el tiro.
A la mañana siguiente le despertaron los disparos y el bullicio de las calles. En la choza no quedaba ni rastro del compañero ni de sus enseres. Había desaparecido y se había llevado también su caballo y silla incluida. El Montañés apretó con rabia el fusil con el que dormía y salió a la calle. El humo que levantaban los ataques y los saqueos entre la población obligaban a la huida inminente. Hubo de cruzar la frontera a pie, evitando los caminos donde se ocultaban los bandoleros prestos al pillaje. Tardó semanas en bordear montañas, días enteros en escalar sus riscos, hasta llegar por fin a los hielos. Mucho antes ya empezó a dejarse notar el frío. No fue difícil hacerse de un trineo, gracias a su habilidad con el hacha los leñadores no despreciaron la ayuda de un par de fuertes brazos voluntariosos.
El paisaje ahora era blanco brillante por los cuatro costados y aún pudo toparse camino al gran lago con las pistas heladas, que hacían daño con solo mirarlas. En medio de una de ellas, desde la distancia, pudo reconocer a un viejo conocido... El hielo había cedido al paso del lapón que, hundido con el peso de toda su mercancía, tendía la mano desesperada en señal de auxilio. La gélida grieta ya se había tragado su trineo y parte de los perros. El Montañés no quiso mirar atrás, indiferente y distante, prosiguió su marcha adelante intentando eludir el borde lateral de la pista central. Ser compañero es una palabra muy seria y él era poco amigo de hablar en vano. Ni le importó ni acabó de ver cómo la mano rígida de su antiguo compañero se sumergió al tiempo que el último de los perros.
(...)

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sábado, enero 09, 2010

MÁS ALLÁ DEL BOSQUE


   No podían avanzar más rápido. La cojera del compañero les retrasaba el paso, aunque cada día recorrían varios kilómetros. No es que se conocieran de toda la vida, apenas cuatro años atrás, pero la calaña de sus tropelías los había unido mucho más allá que las esposas que atenazaban sus muñecas. Primero fue el desfalco aquel en el Banco donde coincidieron, después otro y otro más, hasta que fueron encarcelados. Quizás demasiado jóvenes para estar dispuestos a pasar el resto de su existencia entre rejas, sí, por eso lo decidieron durante el trayecto que los conducía a la prisión de alta seguridad en Dolbler. Había que arriesgarse.
Se deshicieron del vigilante que los custodiaba, estrangulándole entre sus esposas y, antes de que el otro soldado, que esperaba en el vagón contiguo, lo percibiese, saltaron... El tren se adentraba ya en los túneles que atraviesan la gran cadena montañosa y aún pudieron escuchar su pitido, mientras caían puente abajo. Fue una caída limpia, desde más de veinte metros de altura, hasta el cauce caudaloso del embalse salvador que les acogía. Sin embargo, en la orilla el compañero ya se quejó, tal vez una mala posición de las piernas al entrar al agua, pero el pie izquierdo se quedó resentido.
Caminaban despacio, intercalando breves descansos que cada vez se prolongaban cada menos tiempo. Dentro del bosque, el hallazgo de la cabaña de un trampero les sirvió de consuelo y supuso la reposición de víveres para unas cuantas jornadas más. Así, llegaron a las montañas. En su huída, a veces, instintivamente echaban la vista atrás. Habían transcurrido varias semanas desde su fuga y, tarde o temprano, casi esperaban encontrarse con la patrulla que habría ya salido en su búsqueda. Así, siguieron camino seguro por la línea que separaba el bosque de la montaña. Desde lo alto podían observar si alguien se acercaba y siempre tenían el bosque a mano para adentrarse y escapar. Lo que nunca imaginaron fue que solo un jinete apareciera en el horizonte tras ellos y, hasta cabía en lo posible que ni siquiera formara parte de la patrulla. Lo observaron desde lejos en su lento cabalgar, se diría que impasible, hasta que estuvo lo suficientemente próximo para alcanzarlo de un disparo... Lo que hubieran dado entonces por un arma! El jinete detuvo su marcha, obedeciendo a un sexto sentido al que solo son capaces de atender los expertos en el terreno. Y permaneció allí, en pie junto a su montura, inmóvil. Precisamente, era aquella inmovilidad lo que les inquietaba cada mañana. Hubieran avanzado más o menos durante el día entero, a la mañana siguiente la silueta oscura de aquel endiablado jinete permanecía quieta, siempre a la misma distancia. No había lugar a dudas de que sabía de su presencia, pero aquella persecución calculada les obligaba a cambiar su estrategia. Ahora más que nunca había que evitar los espacios abiertos, ya no podían utilizar el borde rocoso de la montaña para su huida, pues quedaban a la vista de su perseguidor. Además, también ignoraban lo que podría tardar en aparecer el resto de su cuadrilla, por lo que se desviaron al interior del bosque. Allí podrían ocultarse, incluso emboscarse y, quizás, si daban con el río podrían huir más rápido y borrar su pista.
(...)
                               

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