sábado, abril 19, 2008

EL BAILE


    Se conocían lo bastante como para no pisarse, aunque Emma trastabilló un paso al tropezar con un obstáculo imaginario. Jaime no dejó de sujetarla por el talle y, con suavidad, recostó la barbilla entre el hueco del cuello y su hombro para susurrarle al oído…

–¿Estás bien…?

   Ella gimió una leve afirmación, mientras sonaban los acordes clásicos de otro tema de jazz.

–…Ahora viene otra tanda lenta –suspiró, estrechándose aún más junto al mullido, pero recio cuerpo de Jaime.

–…Chet Baker, inconfundible –dijo él.

 Ella recordó cuando se conocieron en el Club de Jazz del Café Central. Emma había hecho ballet de niña y ahora deseaba aprender a tocar la batería; él enseñaba piano.

–Lámame Jimmy –la había dicho él.

 En aquel momento se contuvo la risa, pero pronto descubrió que era un chico especial. A Jimmy le gustaba bailar y además lo hacía bien. Rematadamente bien. Por eso no se tomó a broma la invitación a participar en la maratón de baile del Café Central. Lo habían estado preparando durante todo el año; más que un ejercicio de danza se trataba de una prueba de resistencia.

   En la penumbra de la sala de baile Jaime distinguió a algunos amigos que aún pululaban al fondo de la barra; alguien le hizo la señal de victoria desde lejos aunque no supo de quien se trataba. Sudaba copiosamente y le preocupaba que Emma se encontrara a disgusto. Observó de reojo a las otras parejas sin dejar de mecerse en el cadencioso quejido de la trompeta. Una de las parejas abandonó la pista en silencio, agarrados de la mano con gesto cansino. Al lado de ellos otra pareja se movía desacompasada y, para distraerse, Jaime trató de imaginar por un momento cómo bailarían un tango… ¡Un tango jazz! ¡A quién se le ocurre! Casi que podía escuchar los jadeos de ella, en exceso alterada. Demasiado frenéticos, pensó.

   Emma le sacó de su nube mental con una intempestiva pregunta:

–…Tiene que ser tarde ya, Jaime…–él carraspeó.

– ¡Jimmy! –ella rectificó.

–Sí, casi de madrugada… –contestó, al mismo tiempo que Emma apagaba su respuesta con un bostezo prolongado.

   La pareja de al lado casi chocó contra ellos y ambos se volvieron, extrañados por la inesperada maniobra. La otra muchacha jadeaba sin hallar suficientes bocanadas de aire con que respirar. Se asustaron cuando la vieron abrir mucho los ojos, antes de caer desplomada al suelo; su pareja se sintió impotente para detener su peso en la caída. Acto seguido un grupo de personas acudió junto a la chica. Jaime reconoció el brazalete sanitario en uno de los que estaban agachados junto a ella…

–No te preocupes, la están atendiendo –susurró a Emma, tratando de tranquilizarla.

   Al poco alguien se acercó con una camilla y la pista quedó de nuevo envuelta de música y penumbra.

–…Sí, ahora sí, Emma, este es el último tema –la fatiga de Jaime ocultó el tono alegre que quiso imprimir a su voz y, sin dejar de bailar, se abrazaron aún más fuerte.

   De repente todas las luces de la discoteca se encendieron al unísono y un estallido de gritos y aplausos inundó la sala. El locutor de la radio local era quien sostenía el micrófono mientras anunciaba a viva voz a la pareja ganadora del decimonoveno Maratón de Baile de la Ciudad.

   Emma y Jaime habían dejado de bailar, pero permanecían aún abrazados en el centro de la pista, casi pegados por el sudor después de veintidós horas continuadas de baile. Todavía el cansancio no les permitía calibrar todo el sabor del triunfo, pero la organización del evento enseguida les emplazó para el fin de semana próximo en el que recibirían su premio en una fiesta conmemorativa respaldada por la prensa y demás medios de comunicación. Ahora sólo deseaban descansar.  
 (...)

(CONTINÚA en…)

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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !