–¿Estás bien…?
Ella gimió una leve afirmación,
mientras sonaban los acordes clásicos de otro tema de jazz.
–…Ahora viene otra tanda lenta –suspiró, estrechándose aún más junto al mullido,
pero recio cuerpo de Jaime.
–…Chet Baker, inconfundible –dijo él.
Ella recordó cuando se conocieron en
el Club de Jazz del Café Central. Emma había hecho ballet de niña y ahora
deseaba aprender a tocar la batería; él enseñaba piano.
–Lámame Jimmy –la había dicho él.
En aquel momento se contuvo la risa, pero pronto descubrió que era un chico especial. A Jimmy le gustaba bailar y además lo hacía bien. Rematadamente bien. Por eso no se tomó a broma la invitación a participar en la maratón de baile del Café Central. Lo habían estado preparando durante todo el año; más que un ejercicio de danza se trataba de una prueba de resistencia.
En la penumbra de la sala de baile
Jaime distinguió a algunos amigos que aún pululaban al fondo de la barra;
alguien le hizo la señal de victoria desde lejos aunque no supo de quien se
trataba. Sudaba copiosamente y le preocupaba que Emma se encontrara a disgusto.
Observó de reojo a las otras parejas sin dejar de mecerse en el cadencioso
quejido de la trompeta. Una de las parejas abandonó la pista en silencio,
agarrados de la mano con gesto cansino. Al lado de ellos otra pareja se movía
desacompasada y, para distraerse, Jaime trató de imaginar por un momento cómo
bailarían un tango… ¡Un tango jazz! ¡A quién se le ocurre! Casi que podía
escuchar los jadeos de ella, en exceso alterada. Demasiado frenéticos, pensó.
Emma le sacó de su nube mental con
una intempestiva pregunta:
–…Tiene que ser tarde ya, Jaime…–él carraspeó.
– ¡Jimmy! –ella rectificó.
–Sí, casi de madrugada… –contestó, al mismo tiempo que Emma apagaba su
respuesta con un bostezo prolongado.
La pareja de al lado casi chocó
contra ellos y ambos se volvieron, extrañados por la inesperada maniobra. La
otra muchacha jadeaba sin hallar suficientes bocanadas de aire con que
respirar. Se asustaron cuando la vieron abrir mucho los ojos, antes de caer
desplomada al suelo; su pareja se sintió impotente para detener su peso en la
caída. Acto seguido un grupo de personas acudió junto a la chica. Jaime
reconoció el brazalete sanitario en uno de los que estaban agachados junto a
ella…
–No te preocupes, la están atendiendo –susurró a Emma, tratando de
tranquilizarla.
Al poco alguien se acercó con una
camilla y la pista quedó de nuevo envuelta de música y penumbra.
–…Sí, ahora sí, Emma, este es el último tema –la fatiga de Jaime ocultó el
tono alegre que quiso imprimir a su voz y, sin dejar de bailar, se abrazaron
aún más fuerte.
De repente todas las luces de la
discoteca se encendieron al unísono y un estallido de gritos y aplausos inundó
la sala. El locutor de la radio local era quien sostenía el micrófono mientras
anunciaba a viva voz a la pareja ganadora del decimonoveno Maratón de Baile de
la Ciudad.
(CONTINÚA en…)
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