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viernes, agosto 07, 2009

CAZA EN LA MONTAÑA


   Le llamaban El Montañés porque no era de allí. Vino del otro lado de Sierra Alta, incluso dicen que de más allá del llano que precede al gran desierto, el que llaman el Negro, por su larga espesura.
 A pesar de haber cabalgado la noche entera, no acusaba su rostro ningún gesto de cansancio, casi podría afirmarse que rara vez reflejaba algún gesto descifrable. Hombre tosco y rudo, siempre vagabundeaba en solitario y los pocos que llegaron a encontrarse con él únicamente prefirieron mantener las distancias, en previsión de desenlaces desagradables.
Ascendió entre las peñas a lomos de su yegua cobriza. Cuando alcanzó mayor altura continuó el ascenso a pie, sin soltar las riendas de su montura. En el otro antebrazo reposaba el fusil. El sol castigaba a plomo todo ser viviente, planta o alimaña, que habitase aquel lugar, pero él parecía conocer con certeza hacia dónde debía encaminar sus pasos. Se apostó en la ancha y gruesa roca, apoyado en la hendidura hueca que le permitía, cómodo, manejar el arma con soltura. Entre los matorrales ató al caballo, liberado de los pesados fardos de pieles y, de nuevo, volvió a parapetarse en la roca, dispuesto a hacer frente a una larga espera.
El buitre leonado surgió de lo alto del risco cercano, planeando con su vuelo lento y pesado. Su silueta oscura cruzó el limpio azul del cielo con sus alas extendidas, describiendo amplios círculos en su descenso, hasta que casi estuvo a la altura del vigilante fusil de El Montañés. En el punto de mira... el cerro entre los riscos, mientras el ave de rapiña descendía y, al fondo del cañón, donde el horizonte se confundía con la pista de arena, un carromato tirado por dos mulos avanzaba rápido, a juzgar por la densa polvareda que elevaba en su carrera. El Montañés afianzó el codo en la roca, enarcó la ceja y, concentrado, apuntó con determinación, con la misma determinación con que su dedo inmisericorde apretó el gatillo. Los riscos devolvieron los ecos del disparo, sonora y estrepitosamente repetidos.
(...)

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domingo, mayo 17, 2009

A LA DERIVA



El contorno costero había desaparecido de la línea, ahora limpia, del horizonte. Había navegado sin descanso, obsesionado por perder de vista cualquier atisbo de tierra firme. Aquel año el curso había sido demasiado intenso e, incluso, su padre se había excedido en su exigencia por no desaprovecharlo insistiendo de continuo en la parte del futuro que estaba en juego. Por eso, todo el objetivo de aquellas vacaciones era relajarse distendidamente hasta la saciedad y, así primero, había que aislarse de todo ruido que sonase a recuerdo de hábito rutinario. Para ello cogió el velero de su padre y salió mar adentro. No dijo nada, tan solo dos días y volvería, renovado. Esa noche el mar también dormía y balanceaba el balandro con su mecer calmo.
Sin embargo, como en otras ocasiones, aquel maldito juego mental no le dejaba conciliar el sueño. Lo achacó a la influencia cercana de las obligaciones cotidianas, de las que aún no había logrado desembarazarse en su totalidad. Ahora que necesitaba descansar y dormir era cuando se le planteaban a modo de desafío aquel tipo de dilemas que le hacían perder el tiempo, pero imposibles de eliminar a su pesar. El reto en sí era sencillo… Había dedicado la tarde a practicar nudos en cubierta, mientras las velas se dejaban llevar por una brisa suave y generosa. Practicó los nudos marineros que ya conocía, se ató un brazo, las piernas, utilizó también las cornamusas y, a la vez, aprovechó para intentar aprender algún otro nudo nuevo. Y ahora, en vez de descansar, aquella pesadilla sin fin le debatía en si un hombre atado por el tobillo a un cabo que arrastraba un velero, empujado por el viento, tenía posibilidad de salvación. Para él no había problema pues, incorporándose para agarrase el pie y alcanzar el cabo, solo había que jalar la cuerda con uno y otro brazo hasta subir a cubierta. Sin embargo, otra voz en su cabeza le intranquilizaba con la posibilidad de que la creciente velocidad del velero, impulsado por fuentes vientos, resultaba proporcionalmente superior al esfuerzo necesario del hombre, no para alcanzar su pie y el cabo, sino incluso para poder incorporarse. Ante tal impetuoso avance el hombre, incapaz de reaccionar y moverse, vería cómo el cielo desaparecía bajo el mar, hundiéndose entre bocanadas de agua.
(...) 
                                           *<<Publicado en Revista Arco, 2008.>> 
© Luis Tamargo.-

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sábado, octubre 20, 2007

viernes, febrero 02, 2007

PERO NO MATARÁS


 

    Hacía rato que se habían acabado las gasas, la enfermera le enjugó el sudor de la frente con un pañuelo de papel usado. El médico manipuló el costado del hombre y pidió más sutura…

 - …La última caja, doctor. –apuntó al enfermera.

   Cuando acabó la intervención se volvió hacia ella con tono de eficiencia:

 -Vigila el drenaje y cámbiale el suero…

   Apenas acabó de pronunciar estas palabras cuando un disparo certero hizo añicos el espejo colgado junto al gran ventanal, que también terminó por venirse abajo del todo en mil pedazos. La enfermera corrió de un salto tratando de salvar las dos botellas de suero que reposaban en la vitrina debajo del espejo, pero llegó demasiado tarde. El médico gritó tajante mientras se agachaba:

 -¡Al suelo, no os mováis!

  Una nueva racha de disparos se sucedió, esta vez más continuados. Llevaban cinco largos días sometidos al tortuoso asedio de un francotirador que, sin ningún escrúpulo, mantenía a raya los restos de aquel gabinete médico que fue incapaz de seguir a la población en su huída desesperada ante los tanques invasores. Las tropas enemigas no tardarían en llegar con su demoledor rastro de destrucción y, mientras, el francotirador constituía la avanzadilla que aseguraba el camino abierto con su tarea de limpieza mortal.

    El doctor había conocido otras guerras, pero no establecía distinciones entre ellas; para él todas eran iguales, una oportunidad para demostrar que sólo triunfa la vida. El pasillo de aquel puesto abandonado era una muestra, plagado de enfermos y heridos que reclamaban la atención con sus lamentos. Sin embargo, nada se podía ya demostrar a los cuerpos de quienes no se quejaban, las balas se habían encargado de callarles para siempre.

   El sacerdote del hospital se acercó hasta él a rastras y, desoyendo el gesto de detenerse, continuó aproximándose hasta la entrada de la puerta principal... El silbido de una bala asesina le advirtió de cuál era el límite. Afuera, al otro lado de la calle, una pareja de ancianos acompañada de dos niñas y de un joven muchacho se ocultaban de la lluvia de disparos entre las columnas de los soportales a la espera del momento favorable para cruzar a salvo hasta el puesto médico.

 -Esa pobre gente no puede salir de ahí... -exclamó con impotencia.

   El médico ya los había observado antes a través del sucio y destrozado ventanal, pero bastante tenía con tratar de solventar las heridas de los que llegaban a sus manos con aquella escasez de medios. Sí, a veces creía que se trataba de algún milagro, pero no podía permitirse tregua alguna...

 -Hay que seguir, tráigame al siguiente, señorita...

    La enfermera gateó por el suelo y se incorporó, aprovechando el breve descanso que el francotirador les otorgaba. Regresó al poco con una camilla donde un soldado extendía su pierna engangrenada; antes había chillado de dolor y, aunque ahora desvanecido, la chica consideró apropiado dedicarle a él la última jeringa de anestesia disponible.

   De pronto, el sacerdote lanzó un grito desgarrador llevándose las manos a la cabeza, todavía tumbado en el suelo. El joven del edificio cercano había intentado cruzar la calle cuando un proyectil le alcanzó de lleno... Los niños chillaban histéricos, abrazados a la anciana, mientras el anciano intentaba ocultarles la vista del desagradable aspecto del muchacho muerto, hecho un ovillo sobre el reguero de sangre que brotaba bajo sus pies.

 -...¡Dios! ¡Nunca podrán pasar...! -se lamentó el sacerdote, al tiempo que retrocediendo, se dirigió a las escaleras del pasillo.

   El doctor venía escuchando desde hacía rato los quejidos lastimeros de una mujer que se había puesto de parto. Iba a ocuparse del muchacho de la gangrena en la pierna, pero enseguida comprobó que sufría una hemorragia interna y cambió de planes...

 -¡Traéme a esa mujer, rápido! -exigió con determinación- ...¿Y el sacerdote, dónde anda, lo necesito aquí?...

 -Lo vi en las escaleras que suben a la azotea... -acertó a explicar la enfermera reaccionando con rapidez. Acto seguido, la muchacha se concentró a fondo y consiguió calmar a la parturienta, le aseguraba que todo iba a salir bien, que ahora estaban con ella. La mujer siguió cada una de sus indicaciones al pie de la letra, aunque con el miedo clavado en el rostro mientras el doctor la exploraba. No pudo escuchar el resto de sus palabras porque otra repentina ráfaga de disparos se sucedió sin pausa, apretó los ojos y sólo se preocupó de respirar y empujar, respirar y empujar. 

      (...)

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sábado, enero 27, 2007

CAPRICHO DEL DESTINO



    Desde cubierta la costa descubría la belleza de su misterio oculto y, en la orilla, se arremolinaban gentes en inquieto ajetreo, asustados ante la visión de tan magnífico navío, nada igual para ellos contemplado antes. Unos recogían las sencillas canoas con avidez, tal vez temerosos de perderlas, otros corrían a esconderse tras la vegetación frondosa, hombres y mujeres ataviados de colores chillones, empujaban a los niños hacia la espesura, mientras algunos señalaban con gestos de asombro el paso de la nave, impávidos, sin ocultar sus cuerpos desnudos.

 En la popa, un grupo de marineros comenzó a hacer gestos obscenos mientras vociferaban, entre carcajadas. Los españoles contemplaban el espectáculo que se abría ante sus ojos, les habían prometido riquezas y toda suerte de bienaventuranzas en un nuevo mundo que nada tenía que ver con el paraíso, según iban descubriendo cada día a fuerza de dura lucha. Llevaban varios meses desde que embarcaron en que habían conocido en propia carne el hambre y la enfermedad, la furia de los elementos y la crueldad de los indígenas en claro intento de defenderse de los que consideraban sus invasores. Así y todo, la esperanza de realizar su sueño en una tierra sin explotar, donde podrían erigirse en propietarios y construir su proyecto de vida, era acicate suficiente para seguir adelante, a pesar de las contrariedades que se iban encontrando. No todo era como se lo habían prometido, costaba avanzar camino cada jornada, pero esa fe les mantenía, además, ya no había vuelta atrás. Aquellos momentos en que podían permitirse divagar con los pormenores de su sueño constituían un remanso y el único consuelo con que afrontar la incierta misión del día siguiente.

–Dicen que vive con ellos en su tribu, dentro de la selva... –dijo el joven soldado sin quitar la vista de las mujeres que en la playa dudaban entre ocultarse o permanecer.

–Yo también lo oí en Cuba. Por lo visto se ha convertido en su jefe, va vestido como ellos y habla su idioma –le contestó su compañero, un corpulento extremeño de mandíbula cuadrada–. Creo, además, que tiene un harén entero de nativas vírgenes a su disposición, ¡para elegir a placer!...

 Ese tipo de leyendas era precisamente lo que se extendía rápido y calaba hondo en sus mentes castigadas. No hacía demasiado tiempo sabían del regalo que recibió Cortés de los indígenas, aquellas veinte jóvenes indias que, en un detalle de auténtico estratega militar, cedió a sus principales lugartenientes. Resultaba imposible no desear algo así, aunque si algún día conseguían tener su propia hacienda una de aquellas indias podría ser una buena madre; eran fogosas y trabajadoras. 
 (...)

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viernes, enero 19, 2007

miércoles, enero 10, 2007

FALTA DE COSTUMBRE



    No se lo esperaba, de ahí que el anticipo inesperado de sus vacaciones nubló en cierto modo la sorpresa de lo que debía ser un merecido regalo. Mariette tenía comprometidas aquellas fechas, desde la primavera pasada, para visitar a su hermana en Brindisi; su cuñada insistió para que también llevara con ella a los niños, hacía mucho tiempo que no veía a Flora y al pequeño Benicio. Él mismo convino apenas una semana atrás que a los chicos les vendría bien un cambio de aires en el pueblo. Así que cuando aquellas vacaciones le llovieron caídas del cielo, debido a imperativos de empresa imposibles de posponer, era tarde para improvisar un arreglo. No obstante, se dispuso a afrontarlas solo y, en cualquier caso, aprovechar el descanso.

–No te preocupes, cariño. Aquí os esperaré, pasadlo bien –le había dicho a su mujer, en tono animoso, cuando se despidió de ellos por la mañana.

   Lo primero que hizo fue recoger todo lo que habían dejado desperdigado por el suelo; le mantuvo ocupado más tiempo de lo que pensó en un principio. Había que ver la cantidad de cachivaches y juguetes que aquellos críos eran capaces de remover y desordenar. Entre los cuentos y revistas que había debajo de la mesa del salón encontró el mando del televisor; siempre ponían el volumen demasiado alto y aprovechó para apagarlo. Por un instante permaneció dubitativo, tal vez se lo propusiera, ser capaz de no encender aquel condenado aparato…

Mariette le había dejado preparada una cacerola de pasta que sólo debía calentar y volver a guardar en la nevera, así tendría para tres o cuatro días, casi para la semana que iban a estar fuera. Hasta el mediodía se dedicó a retomar la lectura de aquel libro que tenía pendiente desde el invierno anterior y que, por fin, logró terminar. Después de comer buscó entre las estanterías de la biblioteca y dio con tres títulos con los que nunca antes se había atrevido: Tólstoi, Lorca o Faulkner… ¿Por qué no? Era la ocasión; comenzó por el ruso.

   A media tarde levantó la vista de las páginas que le habían mantenido embelesado y, por unos momentos, aún se mantuvo así, entre absorto y alucinado, envuelto en una especie de aura extraña, que el silencio parecía haber tejido a su alrededor.

–Debe de ser la falta de costumbre –pensó–, estamos poco habituados al silencio...

   Le llamaron la atención los sonidos que el silencio escondía en su aparente insignificancia. Podía escuchar la radio de la vecina del piso de abajo, una anciana de la que incluso distinguía los pasos mezclados con el ritmo de la cachaba que le acompañaba por el pasillo y, también, la campana del reloj de pared que en cada cuarto se hacía notar. El teléfono sólo se dejó oír en una ocasión, cuando Mariette llamó para confirmar que el viaje transcurrió pesado, pero bien; que hacía mejor que allí y que su hermana le enviaba recuerdos. Aquella noche tardó en dormirse más de lo acostumbrado, echaba en falta algo que no acertaba a definir, se hallaba demasiado despierto, le pesaba el vacío. En el silencio de la noche la calle se pobló de ruidos vivos; reparó por vez primera en el estruendo que armaba el camión de la basura en la recogida de los contenedores y, también, en el golpe brusco que la puerta del garaje emitía cada vez que se cerraba. Nunca imaginó que las sirenas de las ambulancias sonasen tanto durante la noche

   Al día siguiente salió a dar una vuelta por la ciudad. Bajó hasta Parque Cavour, dobló por las callejuelas estrechas de la zona de bares y, evitando los locales comerciales del Boulevard de Viteleschi, bordeó la alameda, hasta desembocar por el puente que atravesaba el río, en la margen derecha, más tranquila para pasear, donde sólo algunas parejas ocupaban los bancos del parque y donde, de vez en cuando, pasaba corriendo algún gimnasta concentrado en el ejercicio. Sin embargo, le daba vueltas en su cabeza a lo último que había leído y apresuró el paso de regreso a casa; quería llegar cuanto antes para continuar la historia y acabar con la incertidumbre. Antes se desvió por la calle Morosini, atiborrada de turistas y comercios, para alcanzar la Plaza Sonnino, donde se celebraba la Feria del Libro; allí se entretuvo sin prisa en seleccionar las próximas lecturas que le ocuparían en aquellos días y, al final, terminó por volver mucho más cargado de lo que proyectó. 

 (...)

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viernes, enero 05, 2007

martes, diciembre 26, 2006

viernes, diciembre 22, 2006

ÚLTIMA ESPERANZA


    La guardia había transcurrido como otra noche de tantas; las típicas borracheras de fin de semana y los efectos de alguna pelea callejera, nada de especial relevancia, que no pudiese solventar un servicio de urgencias como el de aquel hospital comarcal. Pero Ferdinand se sentía cansado. La llegada de sus compañeros, que entraban para el cambio de turno, le animó de repente. Los saludos y las bromas se sucedían entre cafés y pastas; casi lograban ahogar el sonido de fondo de las noticias televisivas. Clarice había traído unos bollos rellenos de crema para comenzar la jornada e insistía para que todos los miembros del equipo los probasen. Luego llegó Josh, con su maniática costumbre de aumentar el volumen del televisor. Siguieron conversando e intercambiando impresiones, pero las noticias de los informativos apagaron el cálido sabor de uno de los momentos preferidos de Ferdinand. La locutora anunciaba la gravedad de la situación internacional, con la suma de otro país más a la alianza de naciones que ya disponían de armas nucleares y que amenazaban el equilibrio del bando de las superpotencias. No había día, ni noticiero, que no insistiese sobre la actualidad del conflicto, pero de alguna manera el ciudadano de a pie parecía inmunizado. El entusiasmo inicial dio paso a un murmullo callado, mientras la mayoría atendía a la noticia. Ferdinand no se pudo contener…

–Siempre lo mismo. Mejor que apagaras el aparato ese, Josh…

   Josh, sentado a su lado, manipulaba la mantequilla en una tostada, mientras pedía otro café, que Clarice sirvió rápida; también aceptó uno de los bollos que ella había preparado.

–Sí, están buenos, Clarice. Gracias –respondió, al tiempo que se volvía para contestar a su compañero médico– . Esto va a estallar un día, Ferdi, no pases mal rato…

–Pues por eso, ¿qué más te da? ¿acaso no tratas demasiados dramas a lo largo del día como para encima aguantar más de lo que nos echan?– a Ferdinand no le preocupaba disimular su enfado.

–Chico, no te lo creas todo. Me da la impresión de que has tenido mala guardia, ¿eh?... –Josh rompió a reír.

   El revuelo del pasillo les hizo desviar la atención hacia los compañeros, que empujaban las camillas con más trabajo para otra jornada, que ya había comenzado.

–Te dejo, Ferdi, a ti te toca salir y yo empiezo. Vamos a hacer algo por la vida… – Josh se incorporó de inmediato, con la bata aún colgada del brazo.

– Sí, disculpa, Josh, estoy cansado. Suerte. –contestó Ferdinand, aunque su colega ya iba en pos de los accidentados, que acababan de entrar.

   Se trataba de un choque de vehículos con dos implicados, ambos heridos; uno de gravedad, habría que intervenir antes de quedar ingresado; el otro precisaría varios puntos de sutura. Una tercera camilla llegó tras ellos, aunque hubo de quedarse a esperar a un lado del pasillo, justo enfrente de la puerta abierta de la sala de reuniones.

– Ahí te dejo esto, Ferdi, hemos de marchar otra vez, la mañana empieza fuerte…

   A Ferdinand no le dio tiempo a explicar que estaba saliente de guardia, pero aceptó el encargo. Se postró frente al enfermo, un viejo con trazas de vagabundo que, al parecer, se vio implicado en medio de la colisión de los conductores que entraron a urgencias antes que él. Ferdinand volvió a entrar a la sala en busca del fonendo y aprovechó para realizarle un rápido reconocimiento y, así, adelantar la tarea para cuando sus compañeros vinieran a buscarle. El anciano respiraba con dificultad.

–¿Qué le duele?

   El vagabundo no respondió. Del televisor aún salían los ecos de las noticias mil veces repetidas, con excesivo volumen para su gusto; y un pegajoso olor a crema, proveniente de los bollos rellenos de Clarice, impregnaba el pasillo. Ferdinand comprobó que, aparte de un hematoma en el hombro, no había lesiones serias, tan sólo un debilitamiento general, más propio de un modo de vida poco saludable…

(…) 

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sábado, diciembre 09, 2006