sábado, noviembre 17, 2007
sábado, octubre 20, 2007
viernes, octubre 05, 2007
sábado, julio 14, 2007
viernes, julio 06, 2007
LA CARAVANA
Hoy Jean estaba particularmente cansado, las últimas semanas habían sido especialmente duras con aquella amenaza de fusión en ciernes. No había podido desenvolver su trabajo con normalidad y tampoco había tenido un descanso para dedicárselo a Mirna, también bastante agobiada por su rutina diaria. Ella trabajaba al otro lado de la ciudad, así que hasta el atardecer no podían encontrarse ni hacer vida de hogar. Quizás por eso la llegada de los niños se retardaba tanto, de tenerles no podrían verles hasta la noche, así que era impensable organizar la vida de acuerdo a otro sistema que no fuera del trabajo a casa y con el tiempo justo. Eran jóvenes y podían resistir de momento el infame trajín pero, además, el fin de semana era corto incluso para descansar por lo que el agotamiento se acumulaba contribuyendo aún más a un incierto futuro de paz y estabilidad. Se estiró en el asiento y estrujó los nudillos produciendo ese chasquido de huesos que a ella tanto le molestaba. La fila de coches avanzó unos metros, imperceptible, antes de volver a estancarse bajo un tórrido sol que ya comenzaba a perder fuerza.Veinte minutos antes había pasado frente a la bifurcación que lleva a la pequeña población de Grenach, recordaba con agrado el día que Mirna y él se acercaron a conocer la aldea. A él le llamó la atención aquella casa de piedra y madera con su huerto anexo que descansaba en el lomo de la ladera, de espaldas a la autopista.
sábado, junio 30, 2007
MEDIA DISTANCIA
viernes, junio 01, 2007
viernes, mayo 25, 2007
EN DIRECCIÓN CONTRARIA
Primero fue el amor lo que se resquebrajó. Las ausencias de Virginia, so pretexto de cenas de negocio o con las compañeras de trabajo, comenzaron como una insidiosa premonición. Luego, la sospecha tomó cuerpo, el distanciamiento se tornó insalvable y nada había que Gonzalo pudiera hacer para cambiarlo. Virginia se le escapó de entre las manos, igual que el amor y, con ella, el matrimonio, el piso…
Se habían citado aquella tarde
para ultimar los detalles finales de la venta del piso. Gonzalo le confirmó que
el interés de la pareja compradora se había materializado y hecho efectivo.
Firmarían el lunes próximo ante el notario y dividirían el pago en mitades
iguales, con destino a cuentas bancarias distintas. Virginia tenía prisa por
acabar la conversación, había quedado con Ignacio, su amor actual, para pasar
el fin de semana esquiando, con habitaciones reservadas en un albergue de
montaña. La tarde del viernes se echaba encima y tendrían que evitar la hora
punta de salida de la ciudad, si querían llegar a disfrutar de su destino
cuanto antes, así que al final accedió a pagar a medias también el porcentaje
correspondiente a la agencia inmobiliaria. Se había negado en un principio,
sólo por el hecho de no ponerlo fácil y discutir; sabía que a Gonzalo se le
derrotaba nada más empezar con un buen portazo en medio de las narices. No
dejaba de resultarle un tanto cómico el gesto de abatimiento que le embargaba
y, aunque tal vez pudiera parecer un juego cruel, había descubierto que los
hombres en general dejaban de ser unos superhéroes, en cuanto se les acorralaba
entre la espada y la pared. Disfrutaba ciertamente de esos breves instantes de
duda y desconcierto, donde su inestabilidad quedaba patente; de alguna manera
le hacía sentirse más segura y fuerte.
Sin embargo con Ignacio no se
había atrevido a llevar su estratagema hasta ese límite. De un lado, prefería
evitar las consecuencias, la sensación de ese efecto desolador; y de otro,
tampoco deseaba arriesgar demasiado con su actual acompañante y, a la vez,
director de la Compañía. Desde que vino a ocupar el puesto, ella se convirtió
en la secretaria perfecta y en una ayuda inestimable, que enseguida se aprestó
a rentabilizar. Al menos se trataba de un proyecto de futuro más consolidado y
prometedor que el que auguraba su vida con Gonzalo, a base de trabajo,
convivencia y sacrificios. Al fin y al cabo, el amor hallaría por sí solo su
sitio rodeado de comodidades.
Cuando Gonzalo comenzó a recordar
en voz alta, sin disimular el tono de reproche, los esfuerzos y penurias que
les llevó la adquisición de aquella vivienda, donde comenzaron los primeros
tiempos de su relación matrimonial, Virginia se incorporó del asiento:
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viernes, mayo 11, 2007
DOBLE FONDO
–Dentro de una semana exacta en mi refugio de la costa… –había señalado ella.
Rodeó la casa, pero no encontró
rastro del coche de Sally; llegaría más tarde, sin duda. El viento y la lluvia
le obligaron a cobijarse en el porche y, entonces, comprobó que la puerta se
encontraba entreabierta; la empujó levemente y cedió. Con un pie dentro, golpeó
la madera con los nudillos dos veces seguidas…
–¿Sally? ¿Sally, estás ahí?
No obtuvo respuesta, pero
insistió:
–¿Hay alguien…?
Observó el interior pulcro y
ordenado. Le llamó la atención la claridad que iluminaba la estancia, a través
del enorme ventanal que daba al jardín, a pesar del tono ceniciento que estaba
adquiriendo el cielo. Siempre le había oído hablar de su casa en la costa y se
animó a entrar; aprovecharía para echar un vistazo.
Un separador de mimbre entrelazado
hacía las veces de vestíbulo, ahora recogido contra la pared, por lo que nada
más entrar se halló de pleno en el salón principal. Se trataba de una sala
amplia y espaciosa, de muebles modernos y funcionales, que daban una sensación
de confortable intimidad. Contempló los cuadros. Excepto las dos láminas del
vestíbulo de entrada, las demás eran pinturas auténticas: paisajes al óleo de
marinas y escenas campestres, un bodegón y una composición informal de temas
abstractos, en tonos vivos, que no desentonaba con el ambiente acogedor que
respiraba la sala.
Una chimenea antigua de piedra presidía la pared del fondo, entre dos cabezas disecadas de corzos; y, del lateral, un pasillo enmoquetado conducía a las habitaciones. Exploró y revisó una a una, con los cinco sentidos pendientes de atrás, atento a cualquier ruido que delatase la llegada de Sally.
(...)
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viernes, mayo 04, 2007
viernes, abril 20, 2007
sábado, abril 14, 2007
viernes, marzo 16, 2007
viernes, marzo 09, 2007
viernes, febrero 02, 2007
PERO NO MATARÁS
Hacía rato que se habían acabado las gasas, la enfermera le enjugó el sudor de la frente con un pañuelo de papel usado. El médico manipuló el costado del hombre y pidió más sutura…
- …La última caja, doctor. –apuntó al enfermera.
Cuando acabó la intervención se volvió hacia ella con tono de eficiencia:
-Vigila el drenaje y cámbiale el suero…
Apenas acabó de pronunciar estas palabras cuando un disparo certero hizo añicos el espejo colgado junto al gran ventanal, que también terminó por venirse abajo del todo en mil pedazos. La enfermera corrió de un salto tratando de salvar las dos botellas de suero que reposaban en la vitrina debajo del espejo, pero llegó demasiado tarde. El médico gritó tajante mientras se agachaba:
-¡Al suelo, no os mováis!
Una nueva racha de disparos se sucedió, esta vez más continuados. Llevaban cinco largos días sometidos al tortuoso asedio de un francotirador que, sin ningún escrúpulo, mantenía a raya los restos de aquel gabinete médico que fue incapaz de seguir a la población en su huída desesperada ante los tanques invasores. Las tropas enemigas no tardarían en llegar con su demoledor rastro de destrucción y, mientras, el francotirador constituía la avanzadilla que aseguraba el camino abierto con su tarea de limpieza mortal.
El doctor había conocido otras guerras, pero no establecía distinciones entre ellas; para él todas eran iguales, una oportunidad para demostrar que sólo triunfa la vida. El pasillo de aquel puesto abandonado era una muestra, plagado de enfermos y heridos que reclamaban la atención con sus lamentos. Sin embargo, nada se podía ya demostrar a los cuerpos de quienes no se quejaban, las balas se habían encargado de callarles para siempre.
El sacerdote del hospital se acercó hasta él a rastras y, desoyendo el gesto de detenerse, continuó aproximándose hasta la entrada de la puerta principal... El silbido de una bala asesina le advirtió de cuál era el límite. Afuera, al otro lado de la calle, una pareja de ancianos acompañada de dos niñas y de un joven muchacho se ocultaban de la lluvia de disparos entre las columnas de los soportales a la espera del momento favorable para cruzar a salvo hasta el puesto médico.
-Esa pobre gente no puede salir de ahí... -exclamó con impotencia.
El médico ya los había observado antes a través del sucio y destrozado ventanal, pero bastante tenía con tratar de solventar las heridas de los que llegaban a sus manos con aquella escasez de medios. Sí, a veces creía que se trataba de algún milagro, pero no podía permitirse tregua alguna...
-Hay que seguir, tráigame al siguiente, señorita...
La enfermera gateó por el suelo y se incorporó, aprovechando el breve descanso que el francotirador les otorgaba. Regresó al poco con una camilla donde un soldado extendía su pierna engangrenada; antes había chillado de dolor y, aunque ahora desvanecido, la chica consideró apropiado dedicarle a él la última jeringa de anestesia disponible.
De pronto, el sacerdote lanzó un grito desgarrador llevándose las manos a la cabeza, todavía tumbado en el suelo. El joven del edificio cercano había intentado cruzar la calle cuando un proyectil le alcanzó de lleno... Los niños chillaban histéricos, abrazados a la anciana, mientras el anciano intentaba ocultarles la vista del desagradable aspecto del muchacho muerto, hecho un ovillo sobre el reguero de sangre que brotaba bajo sus pies.
-...¡Dios! ¡Nunca podrán pasar...! -se lamentó el sacerdote, al tiempo que retrocediendo, se dirigió a las escaleras del pasillo.
El doctor venía escuchando desde hacía rato los quejidos lastimeros de una mujer que se había puesto de parto. Iba a ocuparse del muchacho de la gangrena en la pierna, pero enseguida comprobó que sufría una hemorragia interna y cambió de planes...
-¡Traéme a esa mujer, rápido! -exigió con determinación- ...¿Y el sacerdote, dónde anda, lo necesito aquí?...
-Lo vi en las escaleras que suben a la azotea... -acertó a explicar la enfermera reaccionando con rapidez. Acto seguido, la muchacha se concentró a fondo y consiguió calmar a la parturienta, le aseguraba que todo iba a salir bien, que ahora estaban con ella. La mujer siguió cada una de sus indicaciones al pie de la letra, aunque con el miedo clavado en el rostro mientras el doctor la exploraba. No pudo escuchar el resto de sus palabras porque otra repentina ráfaga de disparos se sucedió sin pausa, apretó los ojos y sólo se preocupó de respirar y empujar, respirar y empujar.
(...)
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sábado, enero 27, 2007
CAPRICHO DEL DESTINO
En la popa, un grupo de marineros
comenzó a hacer gestos obscenos mientras vociferaban, entre carcajadas. Los
españoles contemplaban el espectáculo que se abría ante sus ojos, les habían
prometido riquezas y toda suerte de bienaventuranzas en un nuevo mundo que nada
tenía que ver con el paraíso, según iban descubriendo cada día a fuerza de dura
lucha. Llevaban varios meses desde que embarcaron en que habían conocido en
propia carne el hambre y la enfermedad, la furia de los elementos y la crueldad
de los indígenas en claro intento de defenderse de los que consideraban sus
invasores. Así y todo, la esperanza de realizar su sueño en una tierra sin explotar,
donde podrían erigirse en propietarios y construir su proyecto de vida, era
acicate suficiente para seguir adelante, a pesar de las contrariedades que se
iban encontrando. No todo era como se lo habían prometido, costaba avanzar
camino cada jornada, pero esa fe les mantenía, además, ya no había vuelta
atrás. Aquellos momentos en que podían permitirse divagar con los pormenores de
su sueño constituían un remanso y el único consuelo con que afrontar la
incierta misión del día siguiente.
–Dicen que vive con ellos en su
tribu, dentro de la selva... –dijo el joven soldado sin quitar la vista de las
mujeres que en la playa dudaban entre ocultarse o permanecer.
–Yo también lo oí en Cuba. Por lo
visto se ha convertido en su jefe, va vestido como ellos y habla su idioma –le
contestó su compañero, un corpulento extremeño de mandíbula cuadrada–. Creo,
además, que tiene un harén entero de nativas vírgenes a su disposición, ¡para
elegir a placer!...
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viernes, enero 19, 2007
miércoles, enero 10, 2007
FALTA DE COSTUMBRE
–No te preocupes, cariño. Aquí os esperaré, pasadlo bien –le había dicho a
su mujer, en tono animoso, cuando se despidió de ellos por la mañana.
Lo primero que hizo fue recoger
todo lo que habían dejado desperdigado por el suelo; le mantuvo ocupado más
tiempo de lo que pensó en un principio. Había que ver la cantidad de
cachivaches y juguetes que aquellos críos eran capaces de remover y desordenar.
Entre los cuentos y revistas que había debajo de la mesa del salón encontró el
mando del televisor; siempre ponían el volumen demasiado alto y aprovechó para
apagarlo. Por un instante permaneció dubitativo, tal vez se lo propusiera, ser
capaz de no encender aquel condenado aparato…
Mariette le había dejado preparada una cacerola de pasta que sólo debía
calentar y volver a guardar en la nevera, así tendría para tres o cuatro días,
casi para la semana que iban a estar fuera. Hasta el mediodía se dedicó a
retomar la lectura de aquel libro que tenía pendiente desde el invierno
anterior y que, por fin, logró terminar. Después de comer buscó entre las
estanterías de la biblioteca y dio con tres títulos con los que nunca antes se
había atrevido: Tólstoi, Lorca o Faulkner… ¿Por qué no? Era la ocasión; comenzó
por el ruso.
A media tarde levantó la vista de las páginas que le habían mantenido embelesado y, por unos momentos, aún se mantuvo así, entre absorto y alucinado, envuelto en una especie de aura extraña, que el silencio parecía haber tejido a su alrededor.
–Debe de ser la falta de costumbre –pensó–, estamos poco habituados al
silencio...
Le llamaron la atención los
sonidos que el silencio escondía en su aparente insignificancia. Podía escuchar
la radio de la vecina del piso de abajo, una anciana de la que incluso
distinguía los pasos mezclados con el ritmo de la cachaba que le acompañaba por
el pasillo y, también, la campana del reloj de pared que en cada cuarto se
hacía notar. El teléfono sólo se dejó oír en una ocasión, cuando Mariette llamó
para confirmar que el viaje transcurrió pesado, pero bien; que hacía mejor que
allí y que su hermana le enviaba recuerdos. Aquella noche tardó en dormirse más
de lo acostumbrado, echaba en falta algo que no acertaba a definir, se hallaba
demasiado despierto, le pesaba el vacío. En el silencio de la noche la calle se
pobló de ruidos vivos; reparó por vez primera en el estruendo que armaba el
camión de la basura en la recogida de los contenedores y, también, en el golpe
brusco que la puerta del garaje emitía cada vez que se cerraba. Nunca imaginó
que las sirenas de las ambulancias sonasen tanto durante la noche
Al día siguiente salió a dar una vuelta por la ciudad. Bajó hasta Parque Cavour, dobló por las callejuelas estrechas de la zona de bares y, evitando los locales comerciales del Boulevard de Viteleschi, bordeó la alameda, hasta desembocar por el puente que atravesaba el río, en la margen derecha, más tranquila para pasear, donde sólo algunas parejas ocupaban los bancos del parque y donde, de vez en cuando, pasaba corriendo algún gimnasta concentrado en el ejercicio. Sin embargo, le daba vueltas en su cabeza a lo último que había leído y apresuró el paso de regreso a casa; quería llegar cuanto antes para continuar la historia y acabar con la incertidumbre. Antes se desvió por la calle Morosini, atiborrada de turistas y comercios, para alcanzar la Plaza Sonnino, donde se celebraba la Feria del Libro; allí se entretuvo sin prisa en seleccionar las próximas lecturas que le ocuparían en aquellos días y, al final, terminó por volver mucho más cargado de lo que proyectó.
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