viernes, diciembre 26, 2008

A B I S M O S


     Siempre son contadas las ocasiones en que todos los instantes de una vida pasan delante de uno, en procesión excepcional, como si precediesen al desenlace de algo decisivo. Algunos minutos antes Luis se encontraba trabajando con normalidad, concentrado en la tarea, en realizar su cometido lo mejor posible; para eso él era como pocos, siempre lo había practicado con pulcritud. Pero el encargado de la oficina acababa de pronunciar aquellas palabras que, de pronto, le habían dejado solo ante al abismo…

–El jefe quiere que pases por el despacho –Abel nunca miraba de frente al hablar–, ahora mismo.

   La puerta del despacho estaba abierta y Luis vio sentada a Ana, la directora de Recursos Humanos; y el jefe, detrás, de pie, observando el ordenador encendido sobre la mesa.

–Hola, Luis, adelante– ordenó–. Pasa.

   Saludó y se sentó, con Ana a su derecha y el jefe enfrente, que acababa de ocupar su asiento, parapetado tras el portátil.

   Aquella situación no le resultaba extraña, siempre se mantuvo alerta, tanto en el trabajo como en la vida, nada se podía dar por zanjado, sobre todo en aquellos tiempos en que las crisis económicas causaban demasiadas catástrofes de índole personal. El panorama laboral no estaba para tirar cohetes, al contrario, se había convertido en una auténtica bomba. Y Luis preveía el estallido inminente. Lentamente escuchó lo que no habría querido oír, que prescindían de sus servicios, desde aquel preciso momento… ¿Las causas? Hay que justificarlo legalmente, por supuesto: no cumplía los objetivos, o sea, que no encajaba con los planes que sólo ellos marcaban. Pero Luis no protestó ni se quejó, la edad podía convertirse en un arma de doble filo y, en aquel momento, era un lastre que no contaba a su favor; tampoco era mayor con cincuenta y ocho años, se conservaba bien, pero la ley interpretaba las cifras con una vara de medir rasa, que no admitía  compasión. Los empresarios lo sabían mejor que nadie, porque eran los primeros en buscar la trampa. Y ante él tenía a los ejecutores. Firmó sin rechistar aquel documento para que la empresa le indemnizara, a cambio ellos reconocían la improcedencia del despido y todos contentos: él se largaba para casa y ellos a sus quehaceres. No obstante, tuvo también que escuchar la retahíla que solían regalar a todo el que se acercaba a aquel patíbulo: 

–Si no, tendríamos que acusarte de que has pegado a un superior o…–La directora se lo sabía de carretilla, de tanto repetirlo.

–Está bien–Luis interrumpió la desagradable perorata, mientras firmaba–, conmigo no váis a tener problema.

    Con la mirada absorta en el abismo, su mente rebobinaba ahora la secuencia que pasaba frente a él. Fue el primero que empezó a trabajar allí, digitalizando los fines de semana, ocho horas cada sábado y cada domingo; algo era algo, se decía entonces. Tuvo la recompensa esperada, al comenzar el nuevo año, cuando le propusieron un contrato de jornada completa, que aceptó sin dudarlo. Hacía dos años y medio de aquel inicio. Más de dos años en los que había desempeñado su trabajo con meticulosidad, era un profesional; después de toda una vida trabajando, no sabría hacerlo de otro modo. En sus anteriores empresas también obró así, pensaba que valorarían el esfuerzo, la dedicación. Pero el término sacrificio no representaba idéntico significado para los directivos; ellos siempre lo entendían en forma de cabezas rodantes.

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sábado, agosto 02, 2008

NO CORRAS, MALDITO


 Las cosas cambian. Mejor dicho, no las cosas, sino las circunstancias; por supuesto, también las personas. Y es que nada es para siempre, la naturaleza se encarga de que se cumpla esa ley. Si en la selva ocurren catástrofes salvajes, en las sociedades no civilizadas también y, en las civilizadas, es la política la encargada de provocarlas, causarlas y rentabilizarlas.

   Nadie lo habría imaginado pocos meses antes. Pero si un país funciona mal, a pesar de que sus dirigentes afirmen que está bien, todo va mal. Y las elecciones anticipadas irrumpieron obligadas, tras una serie de bloqueos de los partidos de la oposición al gobierno. Tantos desmanes cometidos acabaron por causar mella y el giro en el poder político no se hizo esperar. Aquella nueva situación echaba por tierra los conciertos firmados con antelación y ello afectaba también al almacén del hospital. No se trataba sino de una renovación de mandos, nuevos propietarios que ponían en los mismos puestos a nuevos empleados, más afines a sus intereses. Siempre había ocurrido así, con lo que la historia del país no era sino una sucesiva trayectoria de crisis más o menos continuas; o discontinuas, según se mire, dependiendo de las partes implicadas. En cualquier caso, siempre se llevaba la peor parte el personal que dependía del puro trabajo, sin lazos familiares o influencias a las que recurrir. En definitiva, todo cambiaba de manos, pero para seguir igual.

   Cuando cambian las tornas, llega el final, pero el destino tampoco es igual para todos. Para el jefe de la empresa subcontratada se acababa una etapa y debía retirarse de la escena, a la espera de nuevas órdenes.

–No corras tanto –le advirtieron sus superiores.

   Pero a Hernán le costaba ir despacio. Tal vez surgiría un nuevo proyecto, si los directivos maniobraban con eficacia, así podría incorporarse a la rueda para continuar su dinámica de criba en el trabajo. Hernán era joven para el historial tan aniquilador que había desarrollado, sus gestiones habían sacrificado a muchas familias. Esos eran sus méritos y no quería perder el estatus logrado.

   De entre sus caprichos favoritos destacaba la moto, era un adorador fanático de su Harley–Davidson, que le ayudaba a desconectar del tedioso mundo laboral, regalándole momentos de exaltada adrenalina, inigualables. Cada fin de semana escapaba con su novia, en el paquete trasero, a perderse por carreteras de montaña, donde dar rienda suelta a las tensiones, a lomos de una velocidad desmedida.

   Aquel día salieron de madrugada, no eran las seis de la mañana cuando alcanzaron la autovía, con dirección a la concentración motera que se celebraría en Tordesillas. Apenas había tráfico a esas horas y Hernán prescindió del casco, se lo había cedido a su novia. A la primera oportunidad que tuvo puso la moto a doscientos kilómetros por hora, mientras Nika se aferraba atrás, pegada a su espalda. Envueltos en el ronco son del motor, Hernán aguardaba el momento propicio para aumentar la velocidad a doscientos cincuenta kilómetros, pero... ¿acaso pueden confabularse un pañuelo y el asa de una mochila para estropear un plan de viaje? 

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viernes, junio 06, 2008

PUÑAL SIN NOMBRE



     El grupo de jinetes contemplaba el poblado desde lo alto, parapetados tras las peñas aguardaban la más leve señal con el aliento contenido y las manos cerca de las armas. El vigía blandió los brazos juntos de un lado a otro y volvió a repetir el movimiento, justo lo que estaban esperando... Buenas y malas noticias. Una patrulla romana se acercaba desde el sur, tranquila y ajena a su presencia; la buena era la llegada de Bondo, de la tribu de los corcontois y cabecilla cántabro. Cuando se unió al grupo de guerreros sus miradas fieras hablaron en crudo silencio...

–El chico lo hará...

   Apostados en las rocas no tardaron en divisar la delgada columna de humo que se elevaba horizonte arriba. El poblado ardía, aún antes de que el ataque romano hubiese comenzado, antes de que al igual que a las tribus vecinas de Vadinia y Moroica les hubiera llegado el turno de ser conquistadas. Eran demasiado orgullosos para tal tipo de humillación, era preferible morir antes para eso.

   En el poblado sólo quedaban los viejos, las mujeres y los niños, inservibles para morir luchando. Por eso el muchacho no trató de comprender cuando su padre le conminó a matarles antes de que cayeran en manos enemigas y, con el puñal que momentos antes le había entregado, cumplió la orden sin escrúpulos. Sus hermanos pequeños, menores que él, también encontraron el final de sus días en sus manos. Luego, ágil y certero, prendió las cuatro esquinas del campamento hasta que la densa cortina del humo le obligó a salir. Sin embargo no obedeció del todo la orden y escapó monte arriba, hacia el bosque, en vez de arrojarse al precipicio.

   Esta vez el vigía, en cuclillas, juntó los brazos hacia el suelo al tiempo que se agazapaba...

–¡Maldita sea!–, farfulló el rudo Neco al comprobar que la patrulla romana había ya descubierto el fuego y que el joven muchacho ascendía la pendiente a su encuentro...

   Los guerreros prepararon los dardos cuando los soldados pasaron bajo sus pies a rápido galope. El muchacho corría tan absorto en la huída que no se apercibió de la patrulla ni del centurión romano que se desvió para capturarlo. El centurión reía en voz alta con el muchacho agarrado bajo el brazo como un vulgar cerdo mientras pataleaba. Neco sujetó el brazo de su hermano Sica, al lado suyo, dispuesto para asaetear al romano...

–...¡Espera!

   El oficial romano se había quedado rezagado de la patrulla y, sin dejar de reír, concentraba todos sus esfuerzos en domar el ímpetu de aquella incómoda fierecilla que amenazaba con tirarles a ambos de la montura. La risa cesó cuando tocaron el suelo en sorda caída, al romano se lo impedía el puñal que le entró por la estrecha abertura entre la coraza y el cuello. Luego, el chico se hizo de la cabalgadura y galopó raudo hacia las peñas.

   El grupo de guerreros cántabros lo recibió en corro. La expresión urgente de sus rostros hacía inútiles las palabras, el chico se lo había ganado a pulso y, a un gesto tosco de Bondo, se pusieron en marcha. Llevaban años padeciendo los estragos de aquella dominación, aunque tampoco antes les faltaron otras, siempre guerreando, no era eso de temer para ellos. Nunca toparon con un enemigo así, tan organizado y numeroso, que no cejaba en reintentarlo y que estaba logrando sacarles de sus territorios. Ellos que siempre habían sido la pesadilla de sus tribus colindantes, que asaltaban sus cosechas y ganados, probaban ahora el áspero sabor del pillaje en su propia carne. La afamada estirpe guerrera que tanto les acompañó y traspasó fronteras se veía ahora condenada por el peso de su propio renombre. Ellos mismos habían tenido que dar muerte a sus mujeres y ancianos, convertidos en verdugos de sus familias y de sus tribus, ellos mismos habían incendiado sus propios castros, habían visto a otros guerreros tirarse al vacío desde las rocas, prenderse fuego o envenenarse con el dios Tejo, todo antes que vivir rendidos o derrotados. Antes era morir luchando, ahora huían...  
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sábado, mayo 24, 2008

PÁJAROS DE CUIDADO



     Ni que la noticia les hubiera pillado por sorpresa. Cuando a Matías Jausoro se le echaron encima los años no le quedó otro remedio que cerrar su negocio de toda la vida, una pequeña tienda de comestibles, que le había valido hasta ahora para subsistir junto a su esposa. Los últimos tiempos resultaron en especial duros, de ganancias mermadas, sobre todo porque los grandes almacenes instalados en las afueras se llevaban los clientes, incluso en fin de semana, y no disponía de recursos para competir ni contra esa marea ni contra la de la edad. Su figura había adquirido volumen y le faltaba humor para soportar tantas horas de pie, atendiendo a los vecinos de aquel barrio aledaño, que se dejaban caer por allí, más bien por desgana e inercia de la costumbre, que por justificada necesidad.

    Supuso que, después de tanta convivencia compartida, se habría merecido alguna que otra simpatía; se conformaba con ese saludo correcto, de confianza, de sus antiguos clientes. Pero se equivocó al contentarse con sólo suponer. Fue incapaz de comprender la reacción inesperada del señor Torralba, presidente de la comunidad de vecinos bajo cuyo edificio se encontraba el local de Matías. Aún recordaba el día que plantó aquellos arbustos ornamentales en el muro colindante con la zona ajardinada de la comunidad. Al señor Torralba, entonces, le pareció buena idea; al igual que a los señores de Merino, el matrimonio del cuarto, que nunca salían juntos a pasear; y a doña Ursula, una viuda cincuentona que vivía en el tercero y siempre le dejaba a deber; y a Emilio, el del segundo, que preparaba oposiciones para celador de hospital entre borrachera y fiesta a cual más escandalosa; ninguno se opuso, todos asintieron. Además, el mismo señor Torralba matizó que servirían para que los muchachos no saltaran por aquel lugar…

  Matías Jausoro leía y releía ahora la resolución del juez sin dar crédito a lo dictaminado, con la misma incredulidad con que leyó la primera citación, cuando le acusaron de ser el responsable de las grietas del muro. En el juicio le condenaban a quitar los arbustos plantados y a correr con todos los gastos. Para tratarse de una despedida aquella jugarreta fue algo más que una broma pesada.

   De alguna manera le habían trastocado los planes, aunque no estaba dispuesto a dejarse aguar la fiesta. Afrontó la jubilación consciente de que dedicarse a una afición le ayudaría a sobrellevarlo mejor. A pesar de que su esposa le aconsejó deshacerse de la antigua tienda, Matías desoyó sus ruegos y lamentaciones.

–…Ese dinero nos vendría muy bien –argumentaba ella sin lograr convencerle–. Además, ¿qué vas hacer cada vez que te asalten todos esos recuerdos…?

–No te preocupes por mí, esos recuerdos estarán a buen recaudo…

  Cada mañana Matías Jausoro regresaba al barrio para atender las jaulas que guardaba en su local. Las paredes de la antigua tienda, donde antes descansaron los productos y comestibles, estaban ahora repletas de estanterías, donde los pájaros enjaulados revoloteaban y se alborotaban al sentirle llegar. Cuando Matías abría la puerta los trinos crecían en intensidad…

–¡Hola, pajarillos! ¿Quién les ha traído el menú hoy a mis polluelos?… –Matías llenaba de alpiste los comederos de cada jaula. 
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sábado, mayo 10, 2008

TE CONTARÉ



     Todo comenzó como una excursión más, una de tantas de las que hicimos con el primo Ted a la Sierra de Las Calaveras. Fue el primo Ted, algunos años mayor que yo, quien me inculcó esa pasión por la montaña. Nuestro sitio preferido era aquella enorme roca que llamábamos La Silla, sobre todo porque en uno de sus lados era lisa y vertical como el respaldo de un gigantesco asiento.

    Recuerdo que en aquella ocasión nos acompañaba Julie, la novia de mi primo, con aquel mechón de pelo blanco tan característico que lucía en el flequillo y que, además de inconfundible, le daba un aspecto de montañera poco convencional. Ted había estrenado unas llamativas botas de escalador que adquirió por catálogo y, durante todo el trayecto en tren hasta La Sierra, no cesó de mostrar, alabar, ensalzar y aburrir con tanta novedosa exclusividad.

    Solíamos acampar en el claro próximo a La Silla, en un improvisado albergue semiderruído que antes debió utilizarse de cabaña para guardar ganado. Allí, al llegar la noche, el primo Ted siempre contaba historias y una en particular que repetía en cada ocasión, primero con el grupo de montañismo y después con los pocos allegados que decidimos organizarnos por cuenta aparte. Aunque ya conocíamos el desenlace de la historia escuchábamos atentos aquella parodia versionada del conocido cuento de Caperucita Roja... Cuando el primo Ted llegaba a la parte final en que la niña preguntaba a su abuela “por qué tenía la boca tan grande”, ésta le respondía que “era para contarle un cuento”. Entonces uno de los asistentes, compinchado –muy a menudo yo mismo–, le preguntaba a algún otro de entre ellos, delatando así a la víctima elegida:

–¿Cuál quieres que te cuente...?

   Mientras el otro pensaba, estupefacto por el giro del cuento, dubitativo, el primo Ted se abalanzaba todo lo corpulento que era sobre él y descargaba un golpe tras otro, contando en voz alta de uno hasta diez, en medio de jocosas risotadas que se contagiaban con rapidez al resto del público espectador. Era su broma predilecta y hoy la recuerdo en especial porque en aquella última ocasión no pudo terminar de repetirla ya que tanto Julie como yo la conocíamos.

    Aquella mañana el primo Ted se propuso escalar La Silla por el lado cortado y nos prohibió subir con él. Recuerdo que antes dejarnos se dirigió a su novia:

–Cuídame a ese cachorro, que no se pierda...

     Fueron las últimas palabras que le escuché. El primo Ted no bajó de aquella peña, nunca le encontraron, su cuerpo debió caer y extraviarse entre la grieta que separaba aquella lasca estrecha de la pared recta. Cuando llegaron los equipos de salvamento no hallaron rastro suyo, resultaba humanamente imposible adentrarse en la sima interior de aquella lasca inexpugnable y rugosa, armada de aristas. Lloramos mucho su pérdida.

    Van a cumplirse dos años de aquel suceso y, desde entonces, Julie ha permanecido fiel a mí, ni el primo Ted se imaginaría cuánto... Julie y yo hemos consolidado nuestra relación, eran muchos detalles comunes los que nos unían, el primo, las excursiones, la montaña, que resultaba algo de lo más lógico y natural que lo nuestro desembocara también en una ardiente pasión. Vamos a casarnos a principios del próximo año, ya hemos escogido fecha. Para entonces Julie habrá finalizado ya el curso en la universidad y será una bióloga a la búsqueda de trabajo, nos hará falta para salir adelante.

    Hoy me he acercado a la Sierra porque desde entonces no habíamos vuelto a pisar el lugar. Aproveché que Julie marchó a la capital durante toda la semana para realizar unos exámenes y, sin decirle nada, por temor a resucitar antiguas heridas, escogí pasar la noche en el refugio, a la sombra de la gran roca que tantas emociones nos proporcionó. Sin Julie en casa me sentía demasiado sólo y estando allí, con la montaña tan cerca, al menos me acompañaban los intensos recuerdos. 
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jueves, mayo 01, 2008

UNA HISTORIA DE CINE



     Fue un encuentro casual, de los que diseña el destino en el espacio muerto de los cruces de camino. A Gina enseguida se le vino a la mente uno de aquellos guiones cinematográficos que Max, el viejo amigo de sus tiempos de actriz, solía esbozar en apenas dos minutos, con una facilidad tan pasmosa que hacía sospechar por igual de sus acaloradas promesas de triunfo.

-¡No puede ser, Gina, pellízcame, por favor! –Max no ocultaba su sorpresa.

   Gina se le llevó al final de la barra, prefería evitar las cercanías del mostrador y el ajetreo de clientes que, tarde o temprano, acabarían por interrumpir o entrometerse en la conversación. La aparición de Max venía que ni pintada para cambiar impresiones con antiguos recuerdos y oxigenar las últimas experiencias, demasiado maltrechas; le vendría bien renovarse con un poco de aire fresco.

   Se sentaron a la penumbra de una de las mesas bajas, mientras Max le explicaba con apresurado entusiasmo los motivos de su presencia en aquel lugar. Habían llegado al mediodía y mañana iban a rodar unos exteriores para su próxima película, unas tomas sueltas de fondo para el escenario de otro de sus éxitos asegurados, antes de proseguir viaje...

-…Ya sabes. –Max sonrió entre risitas cómplices- Si no sale uno a tomar una copa y conocer el ambiente nocturno de las ciudades por las que pasa…

  Gina posó su mano sobre el brazo de Max, que sostenía la copa, en un gesto de amigable camaradería, sin dejar de prestar atención a las explicaciones de sus proyectos, llenos de nombres y lugares que nunca antes había oído. Pero atendía sin escucharle, ignoraba por qué sus palabras no atravesaban la muralla que se había levantado entre ambos, a pesar de encontrarse tan cerca. No podía quitarse de la cabeza la última cita del día anterior, aquel cliente borracho que le obligó a  dormir toda la noche en el sofá. Apenas durmió, en vela, pendiente de acostarse junto a él de madrugada, semidesnuda, para que al despertar no hubiera dudas del trato pactado. Sí, aquel fue un dinero fácil comparado con otras ocasiones, menos afortunadas, desagradables o violentas incluso. Era un hotel de poca monta, a una manzana del local, donde ya la conocían. Allí tenía su habitación disponible para la ocasión, su propio negocio. Había días de mayor recaudación y noches de insomnio, a un precio imposible, pero a ella le bastaba con poco. No se podía improvisar cuando la supervivencia estaba en juego; el precio arriesgado podía tornarse caro. Había aprendido a elegir y decir no; tampoco iba a complicarse por un plato de mal gusto, así que practicaba el arte de seleccionar para ganarse el sustento con la menor dificultad posible. Era la primera vez en muchos años que se topaba con alguien cercano a su pasado. Sin embargo, Gina manifestó su alegría sin entregarse…

-…¿Y Alex? –la pregunta se le escapó de los labios.

   Max dio vueltas a los hielos del vaso y, por unos instantes, pareció meditar en círculos.

-Supongo que era una pregunta inevitable. Lo siento, Gina, no quería…

-Ya no me importa, Max…

    Antes de que la foto de Alex Cerone saliera en las portadas de las revistas, Gina trabajó duro junto al prometedor director, ambos sacaron tablas de tantos proyectos compartidos; era la ilusión lo que les impulsaba a esforzarse más allá del límite, no había boato entonces ni malsana ambición. También tuvieron tiempo de estrechar lazos.

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sábado, abril 19, 2008

EL BAILE


    Se conocían lo bastante como para no pisarse, aunque Emma trastabilló un paso al tropezar con un obstáculo imaginario. Jaime no dejó de sujetarla por el talle y, con suavidad, recostó la barbilla entre el hueco del cuello y su hombro para susurrarle al oído…

–¿Estás bien…?

   Ella gimió una leve afirmación, mientras sonaban los acordes clásicos de otro tema de jazz.

–…Ahora viene otra tanda lenta –suspiró, estrechándose aún más junto al mullido, pero recio cuerpo de Jaime.

–…Chet Baker, inconfundible –dijo él.

 Ella recordó cuando se conocieron en el Club de Jazz del Café Central. Emma había hecho ballet de niña y ahora deseaba aprender a tocar la batería; él enseñaba piano.

–Lámame Jimmy –la había dicho él.

 En aquel momento se contuvo la risa, pero pronto descubrió que era un chico especial. A Jimmy le gustaba bailar y además lo hacía bien. Rematadamente bien. Por eso no se tomó a broma la invitación a participar en la maratón de baile del Café Central. Lo habían estado preparando durante todo el año; más que un ejercicio de danza se trataba de una prueba de resistencia.

   En la penumbra de la sala de baile Jaime distinguió a algunos amigos que aún pululaban al fondo de la barra; alguien le hizo la señal de victoria desde lejos aunque no supo de quien se trataba. Sudaba copiosamente y le preocupaba que Emma se encontrara a disgusto. Observó de reojo a las otras parejas sin dejar de mecerse en el cadencioso quejido de la trompeta. Una de las parejas abandonó la pista en silencio, agarrados de la mano con gesto cansino. Al lado de ellos otra pareja se movía desacompasada y, para distraerse, Jaime trató de imaginar por un momento cómo bailarían un tango… ¡Un tango jazz! ¡A quién se le ocurre! Casi que podía escuchar los jadeos de ella, en exceso alterada. Demasiado frenéticos, pensó.

   Emma le sacó de su nube mental con una intempestiva pregunta:

–…Tiene que ser tarde ya, Jaime…–él carraspeó.

– ¡Jimmy! –ella rectificó.

–Sí, casi de madrugada… –contestó, al mismo tiempo que Emma apagaba su respuesta con un bostezo prolongado.

   La pareja de al lado casi chocó contra ellos y ambos se volvieron, extrañados por la inesperada maniobra. La otra muchacha jadeaba sin hallar suficientes bocanadas de aire con que respirar. Se asustaron cuando la vieron abrir mucho los ojos, antes de caer desplomada al suelo; su pareja se sintió impotente para detener su peso en la caída. Acto seguido un grupo de personas acudió junto a la chica. Jaime reconoció el brazalete sanitario en uno de los que estaban agachados junto a ella…

–No te preocupes, la están atendiendo –susurró a Emma, tratando de tranquilizarla.

   Al poco alguien se acercó con una camilla y la pista quedó de nuevo envuelta de música y penumbra.

–…Sí, ahora sí, Emma, este es el último tema –la fatiga de Jaime ocultó el tono alegre que quiso imprimir a su voz y, sin dejar de bailar, se abrazaron aún más fuerte.

   De repente todas las luces de la discoteca se encendieron al unísono y un estallido de gritos y aplausos inundó la sala. El locutor de la radio local era quien sostenía el micrófono mientras anunciaba a viva voz a la pareja ganadora del decimonoveno Maratón de Baile de la Ciudad.

   Emma y Jaime habían dejado de bailar, pero permanecían aún abrazados en el centro de la pista, casi pegados por el sudor después de veintidós horas continuadas de baile. Todavía el cansancio no les permitía calibrar todo el sabor del triunfo, pero la organización del evento enseguida les emplazó para el fin de semana próximo en el que recibirían su premio en una fiesta conmemorativa respaldada por la prensa y demás medios de comunicación. Ahora sólo deseaban descansar.  
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viernes, marzo 28, 2008

¿DÓNDE ESTÁ EL HUMO?



Era un caso sin remedio, Maggie no se lo perdonaría nunca...

Primero le defraudó con su apego obsesivo al alcohol, luego pensó que las cartas le traerían menos problemas, al menos dejaría de sufrir los efectos de la resaca, pero ahí estaba ahora, a un paso de perder todo aquello por lo que había trabajado tan duro desde los comienzos. Era lo pactado, en la ocasión anterior también perdió y el desafío debía continuar, ahora se jugaba la casa y, según firmaron, había traído consigo las escrituras del chalet en el que vivían, desde que se trasladaron del norte. Maggie y las niñas no tenían parte ni culpa en el embrollo en el que se había metido, pero pagarían las consecuencias de su insensatez. Rechazó la copa que le ofrecieron, quería poner los cinco sentidos en la partida que estaba a punto de resolverse y en la que apostaba su hogar contra nada... Además, debía mantenerse sereno, pues tenía que regresar a casa o a lo que le quedase de ella, a partir de ese momento.

 En los últimos quince días el fuego había avanzado peligrosamente hacia el pueblo y, a pesar de las advertencias de Maggie, esa noche se acercó en el coche hasta Tucson, desoyendo también las normas que la policía del condado extendía entre sus conciudadanos. Otros años también había habido incendios, pero esta vez se sumaron peligrosamente a la sequía que arrastraba el año. La semana anterior cayeron las poblaciones de Winslow y de Flagstaff, los incendios se estaban propagando ese otoño a velocidad vertiginosa. Parecía cosa del diablo, nada ni nadie podía detener el avance arrollador de las llamas que crecían en altura y levantaban nubes cenicientas, que obstaculizaban la tarea de los hidroaviones en su ataque aéreo.

Todo por la maldita obsesión de borrar la sonrisa sardónica del rostro del condenado Jackson, no soportaba sus bravuconadas y menos a costa suya, así que lo que comenzó como una apuesta fantasma se había transformado en un juego ruinoso, era más que posible que si perdía esa partida también se quedase sin Maggie. Ahora parecía tomar verdadera conciencia de que lo que había puesto sobre el tapete era su propia vida, ahora que unas cartas elegidas al azar decidirían el futuro de su destino más incierto.

Las risas de Jackson y sus matones resonaron en el local, con un eco lúgubre, cuando aquella escalera de color salió de la nada para desgracia del osado Lou. Ya no escuchaba los gritos, ni la histeria de los ganadores, tampoco atendía las afrentas que al oído le susurraban los aliados del matón, no había nada qué hacer. Había perdido y, después de firmar el documento de cesión, entregó las escrituras de su propia casa al malnacido tahúr. Aquella derrota nada tenía que ver con cualquiera de las anteriores, aunque una a una le habían llevado hasta ese fatídico desenlace.

Cuando salió a la calle, los nubarrones algodonosos del incendio se elevaban por encima de las casas, aquello tenía que estar muy cerca del pueblo, pensó Lou. Cogió el vehículo y aceleró hacia casa, pero antes del cruce con Lordsburg ya estaba la carretera cortada por los camiones de bomberos, que retrocedían, ante la onda expansiva del calor.

– ¡No es posible continuar, amigo! ¡Vuelva atrás, están desalojando el pueblo! ¡Atrás!

Lou no daba crédito a lo que estaba sucediendo, nunca imaginó que, mientras él solo se complicaba la existencia, el mismísimo infierno les estaba ganando la partida a todos. Retrocedió, pero tomó la desviación por Bisbee, conocía a fondo esa ruta de montaña. A pesar del mal estado del firme le llevaría casi a lomos de su propio jardín, se trataba de un antiguo camino vecinal ya en desuso, pero sin mayores dificultades para su todoterreno. El humo se apoderaba de cada tramo y dificultaba distinguir los bordes apenas inexistentes del trazado. También su mente se hallaba confusa, bien por inhalar los gases tóxicos, que inundaban el ambiente, bien porque no entendía qué hacía él luchando por una propiedad, que ya no le pertenecía... Pero, ¿qué le diría a Maggie? Tenía que intentarlo, al menos.

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sábado, febrero 16, 2008

TODO SOBRE RUEDAS



   Cuando a la familia de Mirian Baez la comunicaron que su hija estaba viva de milagro, pero que pasaría el resto de sus días confinada al escenario de una silla de ruedas, pensaron que se trataba del menor de los males, tras aquel fatídico accidente de tráfico, en el que habían fallecido de forma instantánea sus otros dos ocupantes, un jefe y una compañera de trabajo, que regresaban de una reunión de negocios. Una imprudente maniobra del jefe que, envalentonado, conducía arriesgando sin necesidad, les empotró bajo las ruedas de un camión cisterna al que no pudieron esquivar, en un cambio de rasante inoportuno.

   El médico señaló hacia el final del pasillo:

– ¡Mírela usted mismo!

   Los padres contemplaron a Mirian, que se aproximaba hacia ellos sobre la silla de ruedas. Costaba creer que aquella paupérrima figura guardase la suficiente energía para lograr moverse en aquel asiento metalizado. Una extrema delgadez asomaba a los brazos y piernas de Mirian que, a causa del accidente, tampoco era capaz de articular palabra. El primer año en el hospital nadie apostaba por ella, ni siquiera por el estrecho margen de futuro del día siguiente. Hoy, trasladada de forma definitiva, al centro de rehabilitación donde residía en régimen de interna, tampoco. Sin embargo asombraba la aparente soltura con la que se desenvolvía en su nuevo medio transporte. Tal vez en su fuero interno –pensaron sus padres–  se habría hecho a la idea de que aquella vieja silla iba a convertirse en su único modo de moverse para siempre. Todos los días recorría el largo del pasillo, no una sino varias veces, desde su habitación hasta la sala donde se reunían los demás enfermos. El médico informó al padre de los avances conseguidos, ante la cadena de preguntas con que le asediaba; la madre escuchaba, sumido el rostro en un pañuelo de tela, húmedo en exceso, tras el que se escudaba, incapaz casi de soportar la visión de su hija inutilizada de por vida. Pero Mirian manejaba la silla con sorprendente destreza, recorría los pasillos de arriba a abajo y viceversa, hasta el ascensor, para descender hasta la zona ajardinada del patio, donde bordeaba el recinto, en una especie de circuito interior, que los médicos consideraron favorable para su recuperación. Bajo la mirada supervisora de las enfermeras que la cuidaban, llegaron incluso a pensar, en alguna ocasión, que aquella muchacha parecía impulsada por un fuerza ajena, sobrehumana.

   Fue gracias a esas pequeñas conquistas que su hija lograba, desafiando todos los pronósticos de los médicos más optimistas, que a su padre se le había ocurrido la feliz idea: le iban a regalar una silla nueva de ruedas, pero de esas automáticas, con sistema electrónico incorporado, para facilitarle las maniobras más complicadas con sólo apretar un botón o activar una manivela.

  La madre no tardó en estallar en sollozos ante la presencia de la chiquilla, que había llegado junto a ellos. Mirian les miraba sin gesto, sin posibilidad de mediar palabra. Su padre le acariciaba el lacio cabello arrubiado, al tiempo que le repartía besos al oído, acompañados de palabras tiernas de ánimo.

–Hoy te traemos una sorpresa que te va a encantar, cariño…

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jueves, enero 10, 2008

Concurso de cuentos de Navidad

NOCHE DE MAGIA

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miércoles, enero 09, 2008

Concurso de historias de animales

DULCE HOGAR

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sábado, enero 05, 2008

Concurso de cuentos de Aventuras

LAS AVENTURAS DE EL MONTAÑÉS

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miércoles, enero 02, 2008

ALTOS VUELOS



    Cuando escuchó el descorrer metálico del cerrojo se incorporó del duro camastro; le sonó a música enviada por el mismo Febo. El soldado hizo un gesto para que saliera y ella obedeció, atusándose el cabello, desgreñado tras varios meses de sórdida e incondicional prisión. Le costaba creer que los dioses se hubieran apiadado de su destino, acostumbrada a dudar de cualquier tipo de generosidad. Cuando estuvo ante el centurión que le daba la libertad, supo que el emperador andaba detrás de aquella situación. No era la primera vez que la familia imperial acudía a sus favores y, sin duda, el precio quedaba aún por dirimir. Se lo confirmó el tribuno de la cohorte pretoriana Polion, como en ocasiones anteriores, que le aguardaba en el vestíbulo; en un rincón de la amplia sala le puso al tanto de todos los pormenores. El tono brusco y cortante de sus palabras le puso en guardia:

–No puedes equivocarte esta vez, ¿lo entiendes? –el gesto del dedo del guardia rodeando el cuello resultó bastante explícito.

 Locusta no se equivocaba demasiado; no era el emperador, sino su madre, la auténtica dueña del poder en la sombra, quien ahora requería de sus artes. Sin duda se trataba de algo verdaderamente serio, como todo lo que rodeaba a la familia imperial. Ya trabajó antes para ellos, comenzó con un pequeño encargo al que le sucedieron otros más, hasta convertirse precisamente en su medio de subsistencia; le contentaba el hecho de que había logrado hallar una fuente de riqueza segura en tiempos difíciles para una mujer como ella. De otra manera, habría tenido que conformarse con la vida dura de una campesina, trabajando la tierra de sol a sol; o tal vez la prostitución, otra salida que ya conocía, la última, la que siempre prefirió posponer. Sus conocimientos de las hierbas y frutos del bosque habían servido para evitarla. Así, sus ungüentos, pócimas y brebajes eran el producto que, más que anhelar, exigían sus clientes. Unos clientes, además, muy particulares.

 Estaba acostumbrada al ambiente sibilino de los personajes que pululaban alrededor del palacio. También ella había cambiado, su inocencia de juventud se esfumó rápida entre semejante compañía, una auténtica selva de salvajes despiadados, capaces de confabular, traicionarse y acabar matándose entre ellos, sin conmiseración de ningún tipo. Había aprendido a no tener escrúpulos ni sentimientos, al contrario, debía mantenerse fría como un veneno, si quería sobrevivir. Los únicos que podían permitirse sentir eran sus víctimas.

 Siempre era por mediación del tribuno Polion Julio como ella entraba en acción; tan sólo debía elegir el método de eliminación, en función de los intereses del cliente. Pero esta vez fue con Agripina con quien trató en persona. 
   Su presencia, en un principio, le impuso; le costó disimular un minúsculo temblor de sus manos, que entrelazó detrás del talle. Agripina era una mujer bella, aunque no una gran belleza. Al escuchar sus palabras, se revelaba fluída, certera; a Locusta le vino a la mente el olor del arsénico. Sus órdenes eran tajantes, rotundas; no preguntaba, no escuchaba sino lo que esperaba recibir. Había logrado convertirse en emperatriz, al casarse con Claudio, su tío. En este sentido, su vida había sido un constante ascenso vertiginoso al poder. 
(...)

(CONTINÚA en…)

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