viernes, abril 03, 2009

DULCE HOGAR


    Cuando logró abandonar el bosque la niebla aún no se había disipado; descendió por la vaguada hasta el llano y, después de sortear el área pedregosa, atravesó los humedales con el agua al cuello. Los primeros jirones comenzaron a difuminarse al cruzar los extensos campos verdes, que parecían no tener fin; sólo entonces percibió el fuerte olor a gasoil. Siguió su rastro, al tiempo que aceleraba el paso y, al fin, pudo distinguir la carretera.

   Ya en la cuneta olfateó el aire; no conocía aquella zona y debía andarse con cuidado. En esta ocasión el señor Olmesson se había esmerado. La vez anterior le había dejado casi a cuarenta kilómetros de casa y, ahora, para evitar otro sonado fracaso no escatimó en sembrar dificultades alejándole todavía más. No le gustaba aquel maldito cascarrabias y era evidente que ella a él tampoco; su sola presencia le provocaba  unas ganas instintivas de ladrar, incluso antes de que se acercara a propinarle la patada con la que acostumbraba a saludar cuando se cruzaba en su camino. Un mal vecino, sin duda, habría que extremar las precauciones en adelante.

   Apenas pasaron un par de vehículos en el largo trayecto que le separaba de la civilización más cercana. Caminaba paralela al arcén, sobre la hierba reseca, pero más mullida que el asfalto, lo suficiente para evitar dañarse las patas. El tráfico se intensificó a medida que avanzaba y salió el sol cuando alcanzaba la primera población. Allí hizo un alto para husmear entre unos cubos de basura; sabía que no debía abandonar el curso de la carretera. Si entraba en la ciudad podría perderse en un laberinto de calles y obstáculos indescifrable, pero después de deambular perdida por el bosque durante dos días, ya el hambre le azuzaba. Unas sobras de pescado le sirvieron de tentempié para continuar viaje. A un lado dejó la autopista, tampoco era aquel su camino.

   Se enfrentó ahora a una enorme planicie árida, donde los campos de trigo apuntaban la única nota de color. Le costaba reconocer algún dato útil, alguna pista que identificara aquel itinerario como el correcto, pero se dejó guiar por ese sexto sentido que no le había defraudado ni en los peores momentos. Olisqueó un neumático roto y abandonado en el arcén y, también, un zapato viejo, sin suela, al pie de una señal de tráfico donde la carretera se bifurcaba. Sin embargo, optó por un camino vecinal de tierra y polvo en el que no tardó en toparse con un arroyuelo que nacía a pocos metros más adentro. La sombra de unos robustos alcornocales le pareció tentadora para pasar otra noche a la intemperie, apenas unos breves instantes de descanso para sacar fuerzas de flaqueza, ya que desconocía la distancia y tiempo que le restaba. Caminó durante toda la noche, hasta que la carretera acabó por desembocar en un cruce más transitado de señales indicativas que de vehículos, pero sabía que el segundo ramal de la derecha era el que debía escoger. No tardaron en confirmárselo los aires norteños de las últimas nieves, de las que aún podían vislumbrarse restos en las cumbres. Se encontraba cerca de casa cuando amanecía, aquel recorrido ya le resultaba familiar.

   Palpitaba de entusiasmo cuando reconoció el tejado de su casa entre las calles del pueblo; hacía rato que, a causa del cansancio, había cambiado el trote acelerado por una marcha pausada, más lenta; y ahora mucho más cauta. Se detuvo a unos metros del chalet contiguo a su hogar, era la casa del señor Olmesson. Aguardó unos instantes hasta cerciorarse de que nada se movía allí dentro; luego, rauda, atravesó la cerca y bordeó el jardín hasta la entrada trasera. Allí, junto a la puerta de la cocina orinó con todas las ganas contenidas que aquella trepidante aventura le había procurado. Luego, salió corriendo en dirección a su casa.
(...)

(CONTINÚA en…)

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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !