Aprovechó
para reponer fuerzas y aguardó confundido entre las rocas del acantilado como
otra sombra más, recortado entre los rojos y amarillos del crepúsculo. Aquella
era la noche. Por eso, cuando el mar retrocedió El Montañés avanzó a pie por la
orilla de aquella lengua de arena, para no dejar huella. Ya en la entrada se
topó con el guardián, sorprendido en el primer sueño. Cuando el amanecer
llegase lo encontraría así, dormido para siempre en la herida abierta de su
cuello. El Montañés cruzó los amplios corredores con la daga del guardián. A
través del enrejado pudo observar a las vírgenes en inquieto revuelo,
nerviosas, quizás por las novedades que se presentían. Algunas aún sin velo
acercaban su hermoso rostro al enrejado, curiosas. Del fondo del pasillo,
apresurado, surgió el otro guardián que custodiaba la puerta del santuario,
pero antes de que desenvainara la daga del Montañés silbó una canción de muerte
al clavarse en su pecho. No había tiempo que perder, así que exploró cada
rincón del recinto hasta dar con lo que andaba buscando, justo sobre el altar.
Luego, empuñando el vaso sagrado de Rankha, abandonó el
Palacio por el pasillo de arena que se abría entre las olas.
Se
dirigía al lugar donde le aguardaba su montura cuando algo hizo que se
agazapara, inmóvil. Siempre ataba a su yegua con media vuelta, estaba enseñada
a soltarse ella misma en caso de peligro, por lo que aquel resoplido impotente
solo auguraba imprevistos. No tardó en distinguir al grupo de soldados del
relevo de la guardia, apostados a la espera entre los árboles. Con sigilo, se
arrastró en dirección al acantilado para ocultarse. Desde allí, podía observar
el trajín de caballería que atravesaba el pasaje de arena hacia el islote del
Palacio; habían dado ya la señal de alerta. Especialmente se fijó en aquel
jinete de capa larga y turbante malva, parecía algo más que un cabecilla. Dos
cadenas doradas le pendían del pecho y sus gestos eran enérgicos al impartir
las órdenes.
(CONTINÚA en…)
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