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sábado, diciembre 26, 2009

LEYENDA DE TIERRA NEGRA


   Una vez arriba, desde la cima, El Montañés pudo contemplar entre halos de niebla la emblemática Shamphuroa, una de las siete ciudades sagradas, la dedicada al Trueno y consagrada a la enigmática diosa. Entre ambos mediaba una barrera insalvable, que la naturaleza dispuso a modo de frontera protectora. Les separaba el sobrecogedor cañón de Troujjon, tan profundo que nadie nunca escuchó la caída de una piedra troujja, de reputada dureza. El Montañés se había propuesto esquivar la garganta sin fondo, así que escogió bordearla, aunque ello significase atravesar el bosque de la Tierra Negra, tan espeso como dos noches a caballo. Pero no existía otra alternativa. Cuentan que las temibles tribus que habitan el bosque se convierten en árboles cuando llega la oscuridad, pero El Montañés hizo oídos sordos a estas palabrerías y descendió, lomo abajo, a su encuentro. El día acababa de comenzar y no tenía tiempo que perder. Antes, a la entrada de la espesura, desmontó junto al riachuelo, para que la yegua bebiera. Luego se despojó de su vestimenta y, desnudo, embadurnó su cuerpo entero y el de la yegua con una mezcla de barro fresco y musgo. Arrancó dos manojos de muérdago, que se colgó al cuello y, una vez guardó las ropas en la alforja, emprendió la marcha hacia el interior del bosque...
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viernes, agosto 07, 2009

CAZA EN LA MONTAÑA


   Le llamaban El Montañés porque no era de allí. Vino del otro lado de Sierra Alta, incluso dicen que de más allá del llano que precede al gran desierto, el que llaman el Negro, por su larga espesura.
 A pesar de haber cabalgado la noche entera, no acusaba su rostro ningún gesto de cansancio, casi podría afirmarse que rara vez reflejaba algún gesto descifrable. Hombre tosco y rudo, siempre vagabundeaba en solitario y los pocos que llegaron a encontrarse con él únicamente prefirieron mantener las distancias, en previsión de desenlaces desagradables.
Ascendió entre las peñas a lomos de su yegua cobriza. Cuando alcanzó mayor altura continuó el ascenso a pie, sin soltar las riendas de su montura. En el otro antebrazo reposaba el fusil. El sol castigaba a plomo todo ser viviente, planta o alimaña, que habitase aquel lugar, pero él parecía conocer con certeza hacia dónde debía encaminar sus pasos. Se apostó en la ancha y gruesa roca, apoyado en la hendidura hueca que le permitía, cómodo, manejar el arma con soltura. Entre los matorrales ató al caballo, liberado de los pesados fardos de pieles y, de nuevo, volvió a parapetarse en la roca, dispuesto a hacer frente a una larga espera.
El buitre leonado surgió de lo alto del risco cercano, planeando con su vuelo lento y pesado. Su silueta oscura cruzó el limpio azul del cielo con sus alas extendidas, describiendo amplios círculos en su descenso, hasta que casi estuvo a la altura del vigilante fusil de El Montañés. En el punto de mira... el cerro entre los riscos, mientras el ave de rapiña descendía y, al fondo del cañón, donde el horizonte se confundía con la pista de arena, un carromato tirado por dos mulos avanzaba rápido, a juzgar por la densa polvareda que elevaba en su carrera. El Montañés afianzó el codo en la roca, enarcó la ceja y, concentrado, apuntó con determinación, con la misma determinación con que su dedo inmisericorde apretó el gatillo. Los riscos devolvieron los ecos del disparo, sonora y estrepitosamente repetidos.
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