Supuso que, después de tanta convivencia compartida, se habría merecido alguna que otra simpatía; se conformaba con ese saludo correcto, de confianza, de sus antiguos clientes. Pero se equivocó al contentarse con sólo suponer. Fue incapaz de comprender la reacción inesperada del señor Torralba, presidente de la comunidad de vecinos bajo cuyo edificio se encontraba el local de Matías. Aún recordaba el día que plantó aquellos arbustos ornamentales en el muro colindante con la zona ajardinada de la comunidad. Al señor Torralba, entonces, le pareció buena idea; al igual que a los señores de Merino, el matrimonio del cuarto, que nunca salían juntos a pasear; y a doña Ursula, una viuda cincuentona que vivía en el tercero y siempre le dejaba a deber; y a Emilio, el del segundo, que preparaba oposiciones para celador de hospital entre borrachera y fiesta a cual más escandalosa; ninguno se opuso, todos asintieron. Además, el mismo señor Torralba matizó que servirían para que los muchachos no saltaran por aquel lugar…
Matías Jausoro leía y releía ahora la resolución del juez sin dar crédito a lo dictaminado, con la misma incredulidad con que leyó la primera citación, cuando le acusaron de ser el responsable de las grietas del muro. En el juicio le condenaban a quitar los arbustos plantados y a correr con todos los gastos. Para tratarse de una despedida aquella jugarreta fue algo más que una broma pesada.
De alguna manera le habían
trastocado los planes, aunque no estaba dispuesto a dejarse aguar la fiesta.
Afrontó la jubilación consciente de que dedicarse a una afición le ayudaría a
sobrellevarlo mejor. A pesar de que su esposa le aconsejó deshacerse de la
antigua tienda, Matías desoyó sus ruegos y lamentaciones.
–…Ese dinero nos vendría muy bien –argumentaba ella sin lograr
convencerle–. Además, ¿qué vas hacer cada vez que te asalten todos esos
recuerdos…?
–No te preocupes por mí, esos recuerdos estarán a buen recaudo…
Cada mañana Matías Jausoro
regresaba al barrio para atender las jaulas que guardaba en su local. Las
paredes de la antigua tienda, donde antes descansaron los productos y
comestibles, estaban ahora repletas de estanterías, donde los pájaros
enjaulados revoloteaban y se alborotaban al sentirle llegar. Cuando Matías
abría la puerta los trinos crecían en intensidad…
(CONTINÚA en…)
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