sábado, mayo 24, 2008

PÁJAROS DE CUIDADO



     Ni que la noticia les hubiera pillado por sorpresa. Cuando a Matías Jausoro se le echaron encima los años no le quedó otro remedio que cerrar su negocio de toda la vida, una pequeña tienda de comestibles, que le había valido hasta ahora para subsistir junto a su esposa. Los últimos tiempos resultaron en especial duros, de ganancias mermadas, sobre todo porque los grandes almacenes instalados en las afueras se llevaban los clientes, incluso en fin de semana, y no disponía de recursos para competir ni contra esa marea ni contra la de la edad. Su figura había adquirido volumen y le faltaba humor para soportar tantas horas de pie, atendiendo a los vecinos de aquel barrio aledaño, que se dejaban caer por allí, más bien por desgana e inercia de la costumbre, que por justificada necesidad.

    Supuso que, después de tanta convivencia compartida, se habría merecido alguna que otra simpatía; se conformaba con ese saludo correcto, de confianza, de sus antiguos clientes. Pero se equivocó al contentarse con sólo suponer. Fue incapaz de comprender la reacción inesperada del señor Torralba, presidente de la comunidad de vecinos bajo cuyo edificio se encontraba el local de Matías. Aún recordaba el día que plantó aquellos arbustos ornamentales en el muro colindante con la zona ajardinada de la comunidad. Al señor Torralba, entonces, le pareció buena idea; al igual que a los señores de Merino, el matrimonio del cuarto, que nunca salían juntos a pasear; y a doña Ursula, una viuda cincuentona que vivía en el tercero y siempre le dejaba a deber; y a Emilio, el del segundo, que preparaba oposiciones para celador de hospital entre borrachera y fiesta a cual más escandalosa; ninguno se opuso, todos asintieron. Además, el mismo señor Torralba matizó que servirían para que los muchachos no saltaran por aquel lugar…

  Matías Jausoro leía y releía ahora la resolución del juez sin dar crédito a lo dictaminado, con la misma incredulidad con que leyó la primera citación, cuando le acusaron de ser el responsable de las grietas del muro. En el juicio le condenaban a quitar los arbustos plantados y a correr con todos los gastos. Para tratarse de una despedida aquella jugarreta fue algo más que una broma pesada.

   De alguna manera le habían trastocado los planes, aunque no estaba dispuesto a dejarse aguar la fiesta. Afrontó la jubilación consciente de que dedicarse a una afición le ayudaría a sobrellevarlo mejor. A pesar de que su esposa le aconsejó deshacerse de la antigua tienda, Matías desoyó sus ruegos y lamentaciones.

–…Ese dinero nos vendría muy bien –argumentaba ella sin lograr convencerle–. Además, ¿qué vas hacer cada vez que te asalten todos esos recuerdos…?

–No te preocupes por mí, esos recuerdos estarán a buen recaudo…

  Cada mañana Matías Jausoro regresaba al barrio para atender las jaulas que guardaba en su local. Las paredes de la antigua tienda, donde antes descansaron los productos y comestibles, estaban ahora repletas de estanterías, donde los pájaros enjaulados revoloteaban y se alborotaban al sentirle llegar. Cuando Matías abría la puerta los trinos crecían en intensidad…

–¡Hola, pajarillos! ¿Quién les ha traído el menú hoy a mis polluelos?… –Matías llenaba de alpiste los comederos de cada jaula. 
 (...)

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sábado, mayo 10, 2008

TE CONTARÉ



     Todo comenzó como una excursión más, una de tantas de las que hicimos con el primo Ted a la Sierra de Las Calaveras. Fue el primo Ted, algunos años mayor que yo, quien me inculcó esa pasión por la montaña. Nuestro sitio preferido era aquella enorme roca que llamábamos La Silla, sobre todo porque en uno de sus lados era lisa y vertical como el respaldo de un gigantesco asiento.

    Recuerdo que en aquella ocasión nos acompañaba Julie, la novia de mi primo, con aquel mechón de pelo blanco tan característico que lucía en el flequillo y que, además de inconfundible, le daba un aspecto de montañera poco convencional. Ted había estrenado unas llamativas botas de escalador que adquirió por catálogo y, durante todo el trayecto en tren hasta La Sierra, no cesó de mostrar, alabar, ensalzar y aburrir con tanta novedosa exclusividad.

    Solíamos acampar en el claro próximo a La Silla, en un improvisado albergue semiderruído que antes debió utilizarse de cabaña para guardar ganado. Allí, al llegar la noche, el primo Ted siempre contaba historias y una en particular que repetía en cada ocasión, primero con el grupo de montañismo y después con los pocos allegados que decidimos organizarnos por cuenta aparte. Aunque ya conocíamos el desenlace de la historia escuchábamos atentos aquella parodia versionada del conocido cuento de Caperucita Roja... Cuando el primo Ted llegaba a la parte final en que la niña preguntaba a su abuela “por qué tenía la boca tan grande”, ésta le respondía que “era para contarle un cuento”. Entonces uno de los asistentes, compinchado –muy a menudo yo mismo–, le preguntaba a algún otro de entre ellos, delatando así a la víctima elegida:

–¿Cuál quieres que te cuente...?

   Mientras el otro pensaba, estupefacto por el giro del cuento, dubitativo, el primo Ted se abalanzaba todo lo corpulento que era sobre él y descargaba un golpe tras otro, contando en voz alta de uno hasta diez, en medio de jocosas risotadas que se contagiaban con rapidez al resto del público espectador. Era su broma predilecta y hoy la recuerdo en especial porque en aquella última ocasión no pudo terminar de repetirla ya que tanto Julie como yo la conocíamos.

    Aquella mañana el primo Ted se propuso escalar La Silla por el lado cortado y nos prohibió subir con él. Recuerdo que antes dejarnos se dirigió a su novia:

–Cuídame a ese cachorro, que no se pierda...

     Fueron las últimas palabras que le escuché. El primo Ted no bajó de aquella peña, nunca le encontraron, su cuerpo debió caer y extraviarse entre la grieta que separaba aquella lasca estrecha de la pared recta. Cuando llegaron los equipos de salvamento no hallaron rastro suyo, resultaba humanamente imposible adentrarse en la sima interior de aquella lasca inexpugnable y rugosa, armada de aristas. Lloramos mucho su pérdida.

    Van a cumplirse dos años de aquel suceso y, desde entonces, Julie ha permanecido fiel a mí, ni el primo Ted se imaginaría cuánto... Julie y yo hemos consolidado nuestra relación, eran muchos detalles comunes los que nos unían, el primo, las excursiones, la montaña, que resultaba algo de lo más lógico y natural que lo nuestro desembocara también en una ardiente pasión. Vamos a casarnos a principios del próximo año, ya hemos escogido fecha. Para entonces Julie habrá finalizado ya el curso en la universidad y será una bióloga a la búsqueda de trabajo, nos hará falta para salir adelante.

    Hoy me he acercado a la Sierra porque desde entonces no habíamos vuelto a pisar el lugar. Aproveché que Julie marchó a la capital durante toda la semana para realizar unos exámenes y, sin decirle nada, por temor a resucitar antiguas heridas, escogí pasar la noche en el refugio, a la sombra de la gran roca que tantas emociones nos proporcionó. Sin Julie en casa me sentía demasiado sólo y estando allí, con la montaña tan cerca, al menos me acompañaban los intensos recuerdos. 
(…)

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jueves, mayo 01, 2008

UNA HISTORIA DE CINE



     Fue un encuentro casual, de los que diseña el destino en el espacio muerto de los cruces de camino. A Gina enseguida se le vino a la mente uno de aquellos guiones cinematográficos que Max, el viejo amigo de sus tiempos de actriz, solía esbozar en apenas dos minutos, con una facilidad tan pasmosa que hacía sospechar por igual de sus acaloradas promesas de triunfo.

-¡No puede ser, Gina, pellízcame, por favor! –Max no ocultaba su sorpresa.

   Gina se le llevó al final de la barra, prefería evitar las cercanías del mostrador y el ajetreo de clientes que, tarde o temprano, acabarían por interrumpir o entrometerse en la conversación. La aparición de Max venía que ni pintada para cambiar impresiones con antiguos recuerdos y oxigenar las últimas experiencias, demasiado maltrechas; le vendría bien renovarse con un poco de aire fresco.

   Se sentaron a la penumbra de una de las mesas bajas, mientras Max le explicaba con apresurado entusiasmo los motivos de su presencia en aquel lugar. Habían llegado al mediodía y mañana iban a rodar unos exteriores para su próxima película, unas tomas sueltas de fondo para el escenario de otro de sus éxitos asegurados, antes de proseguir viaje...

-…Ya sabes. –Max sonrió entre risitas cómplices- Si no sale uno a tomar una copa y conocer el ambiente nocturno de las ciudades por las que pasa…

  Gina posó su mano sobre el brazo de Max, que sostenía la copa, en un gesto de amigable camaradería, sin dejar de prestar atención a las explicaciones de sus proyectos, llenos de nombres y lugares que nunca antes había oído. Pero atendía sin escucharle, ignoraba por qué sus palabras no atravesaban la muralla que se había levantado entre ambos, a pesar de encontrarse tan cerca. No podía quitarse de la cabeza la última cita del día anterior, aquel cliente borracho que le obligó a  dormir toda la noche en el sofá. Apenas durmió, en vela, pendiente de acostarse junto a él de madrugada, semidesnuda, para que al despertar no hubiera dudas del trato pactado. Sí, aquel fue un dinero fácil comparado con otras ocasiones, menos afortunadas, desagradables o violentas incluso. Era un hotel de poca monta, a una manzana del local, donde ya la conocían. Allí tenía su habitación disponible para la ocasión, su propio negocio. Había días de mayor recaudación y noches de insomnio, a un precio imposible, pero a ella le bastaba con poco. No se podía improvisar cuando la supervivencia estaba en juego; el precio arriesgado podía tornarse caro. Había aprendido a elegir y decir no; tampoco iba a complicarse por un plato de mal gusto, así que practicaba el arte de seleccionar para ganarse el sustento con la menor dificultad posible. Era la primera vez en muchos años que se topaba con alguien cercano a su pasado. Sin embargo, Gina manifestó su alegría sin entregarse…

-…¿Y Alex? –la pregunta se le escapó de los labios.

   Max dio vueltas a los hielos del vaso y, por unos instantes, pareció meditar en círculos.

-Supongo que era una pregunta inevitable. Lo siento, Gina, no quería…

-Ya no me importa, Max…

    Antes de que la foto de Alex Cerone saliera en las portadas de las revistas, Gina trabajó duro junto al prometedor director, ambos sacaron tablas de tantos proyectos compartidos; era la ilusión lo que les impulsaba a esforzarse más allá del límite, no había boato entonces ni malsana ambición. También tuvieron tiempo de estrechar lazos.

(...)

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