sábado, agosto 02, 2008

NO CORRAS, MALDITO


 Las cosas cambian. Mejor dicho, no las cosas, sino las circunstancias; por supuesto, también las personas. Y es que nada es para siempre, la naturaleza se encarga de que se cumpla esa ley. Si en la selva ocurren catástrofes salvajes, en las sociedades no civilizadas también y, en las civilizadas, es la política la encargada de provocarlas, causarlas y rentabilizarlas.

   Nadie lo habría imaginado pocos meses antes. Pero si un país funciona mal, a pesar de que sus dirigentes afirmen que está bien, todo va mal. Y las elecciones anticipadas irrumpieron obligadas, tras una serie de bloqueos de los partidos de la oposición al gobierno. Tantos desmanes cometidos acabaron por causar mella y el giro en el poder político no se hizo esperar. Aquella nueva situación echaba por tierra los conciertos firmados con antelación y ello afectaba también al almacén del hospital. No se trataba sino de una renovación de mandos, nuevos propietarios que ponían en los mismos puestos a nuevos empleados, más afines a sus intereses. Siempre había ocurrido así, con lo que la historia del país no era sino una sucesiva trayectoria de crisis más o menos continuas; o discontinuas, según se mire, dependiendo de las partes implicadas. En cualquier caso, siempre se llevaba la peor parte el personal que dependía del puro trabajo, sin lazos familiares o influencias a las que recurrir. En definitiva, todo cambiaba de manos, pero para seguir igual.

   Cuando cambian las tornas, llega el final, pero el destino tampoco es igual para todos. Para el jefe de la empresa subcontratada se acababa una etapa y debía retirarse de la escena, a la espera de nuevas órdenes.

–No corras tanto –le advirtieron sus superiores.

   Pero a Hernán le costaba ir despacio. Tal vez surgiría un nuevo proyecto, si los directivos maniobraban con eficacia, así podría incorporarse a la rueda para continuar su dinámica de criba en el trabajo. Hernán era joven para el historial tan aniquilador que había desarrollado, sus gestiones habían sacrificado a muchas familias. Esos eran sus méritos y no quería perder el estatus logrado.

   De entre sus caprichos favoritos destacaba la moto, era un adorador fanático de su Harley–Davidson, que le ayudaba a desconectar del tedioso mundo laboral, regalándole momentos de exaltada adrenalina, inigualables. Cada fin de semana escapaba con su novia, en el paquete trasero, a perderse por carreteras de montaña, donde dar rienda suelta a las tensiones, a lomos de una velocidad desmedida.

   Aquel día salieron de madrugada, no eran las seis de la mañana cuando alcanzaron la autovía, con dirección a la concentración motera que se celebraría en Tordesillas. Apenas había tráfico a esas horas y Hernán prescindió del casco, se lo había cedido a su novia. A la primera oportunidad que tuvo puso la moto a doscientos kilómetros por hora, mientras Nika se aferraba atrás, pegada a su espalda. Envueltos en el ronco son del motor, Hernán aguardaba el momento propicio para aumentar la velocidad a doscientos cincuenta kilómetros, pero... ¿acaso pueden confabularse un pañuelo y el asa de una mochila para estropear un plan de viaje? 

(...)

(CONTINÚA en…)

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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !