viernes, diciembre 22, 2006

ÚLTIMA ESPERANZA


    La guardia había transcurrido como otra noche de tantas; las típicas borracheras de fin de semana y los efectos de alguna pelea callejera, nada de especial relevancia, que no pudiese solventar un servicio de urgencias como el de aquel hospital comarcal. Pero Ferdinand se sentía cansado. La llegada de sus compañeros, que entraban para el cambio de turno, le animó de repente. Los saludos y las bromas se sucedían entre cafés y pastas; casi lograban ahogar el sonido de fondo de las noticias televisivas. Clarice había traído unos bollos rellenos de crema para comenzar la jornada e insistía para que todos los miembros del equipo los probasen. Luego llegó Josh, con su maniática costumbre de aumentar el volumen del televisor. Siguieron conversando e intercambiando impresiones, pero las noticias de los informativos apagaron el cálido sabor de uno de los momentos preferidos de Ferdinand. La locutora anunciaba la gravedad de la situación internacional, con la suma de otro país más a la alianza de naciones que ya disponían de armas nucleares y que amenazaban el equilibrio del bando de las superpotencias. No había día, ni noticiero, que no insistiese sobre la actualidad del conflicto, pero de alguna manera el ciudadano de a pie parecía inmunizado. El entusiasmo inicial dio paso a un murmullo callado, mientras la mayoría atendía a la noticia. Ferdinand no se pudo contener…

–Siempre lo mismo. Mejor que apagaras el aparato ese, Josh…

   Josh, sentado a su lado, manipulaba la mantequilla en una tostada, mientras pedía otro café, que Clarice sirvió rápida; también aceptó uno de los bollos que ella había preparado.

–Sí, están buenos, Clarice. Gracias –respondió, al tiempo que se volvía para contestar a su compañero médico– . Esto va a estallar un día, Ferdi, no pases mal rato…

–Pues por eso, ¿qué más te da? ¿acaso no tratas demasiados dramas a lo largo del día como para encima aguantar más de lo que nos echan?– a Ferdinand no le preocupaba disimular su enfado.

–Chico, no te lo creas todo. Me da la impresión de que has tenido mala guardia, ¿eh?... –Josh rompió a reír.

   El revuelo del pasillo les hizo desviar la atención hacia los compañeros, que empujaban las camillas con más trabajo para otra jornada, que ya había comenzado.

–Te dejo, Ferdi, a ti te toca salir y yo empiezo. Vamos a hacer algo por la vida… – Josh se incorporó de inmediato, con la bata aún colgada del brazo.

– Sí, disculpa, Josh, estoy cansado. Suerte. –contestó Ferdinand, aunque su colega ya iba en pos de los accidentados, que acababan de entrar.

   Se trataba de un choque de vehículos con dos implicados, ambos heridos; uno de gravedad, habría que intervenir antes de quedar ingresado; el otro precisaría varios puntos de sutura. Una tercera camilla llegó tras ellos, aunque hubo de quedarse a esperar a un lado del pasillo, justo enfrente de la puerta abierta de la sala de reuniones.

– Ahí te dejo esto, Ferdi, hemos de marchar otra vez, la mañana empieza fuerte…

   A Ferdinand no le dio tiempo a explicar que estaba saliente de guardia, pero aceptó el encargo. Se postró frente al enfermo, un viejo con trazas de vagabundo que, al parecer, se vio implicado en medio de la colisión de los conductores que entraron a urgencias antes que él. Ferdinand volvió a entrar a la sala en busca del fonendo y aprovechó para realizarle un rápido reconocimiento y, así, adelantar la tarea para cuando sus compañeros vinieran a buscarle. El anciano respiraba con dificultad.

–¿Qué le duele?

   El vagabundo no respondió. Del televisor aún salían los ecos de las noticias mil veces repetidas, con excesivo volumen para su gusto; y un pegajoso olor a crema, proveniente de los bollos rellenos de Clarice, impregnaba el pasillo. Ferdinand comprobó que, aparte de un hematoma en el hombro, no había lesiones serias, tan sólo un debilitamiento general, más propio de un modo de vida poco saludable…

(…) 

(CONTINÚA en…)

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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

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