sábado, enero 27, 2007

CAPRICHO DEL DESTINO



    Desde cubierta la costa descubría la belleza de su misterio oculto y, en la orilla, se arremolinaban gentes en inquieto ajetreo, asustados ante la visión de tan magnífico navío, nada igual para ellos contemplado antes. Unos recogían las sencillas canoas con avidez, tal vez temerosos de perderlas, otros corrían a esconderse tras la vegetación frondosa, hombres y mujeres ataviados de colores chillones, empujaban a los niños hacia la espesura, mientras algunos señalaban con gestos de asombro el paso de la nave, impávidos, sin ocultar sus cuerpos desnudos.

 En la popa, un grupo de marineros comenzó a hacer gestos obscenos mientras vociferaban, entre carcajadas. Los españoles contemplaban el espectáculo que se abría ante sus ojos, les habían prometido riquezas y toda suerte de bienaventuranzas en un nuevo mundo que nada tenía que ver con el paraíso, según iban descubriendo cada día a fuerza de dura lucha. Llevaban varios meses desde que embarcaron en que habían conocido en propia carne el hambre y la enfermedad, la furia de los elementos y la crueldad de los indígenas en claro intento de defenderse de los que consideraban sus invasores. Así y todo, la esperanza de realizar su sueño en una tierra sin explotar, donde podrían erigirse en propietarios y construir su proyecto de vida, era acicate suficiente para seguir adelante, a pesar de las contrariedades que se iban encontrando. No todo era como se lo habían prometido, costaba avanzar camino cada jornada, pero esa fe les mantenía, además, ya no había vuelta atrás. Aquellos momentos en que podían permitirse divagar con los pormenores de su sueño constituían un remanso y el único consuelo con que afrontar la incierta misión del día siguiente.

–Dicen que vive con ellos en su tribu, dentro de la selva... –dijo el joven soldado sin quitar la vista de las mujeres que en la playa dudaban entre ocultarse o permanecer.

–Yo también lo oí en Cuba. Por lo visto se ha convertido en su jefe, va vestido como ellos y habla su idioma –le contestó su compañero, un corpulento extremeño de mandíbula cuadrada–. Creo, además, que tiene un harén entero de nativas vírgenes a su disposición, ¡para elegir a placer!...

 Ese tipo de leyendas era precisamente lo que se extendía rápido y calaba hondo en sus mentes castigadas. No hacía demasiado tiempo sabían del regalo que recibió Cortés de los indígenas, aquellas veinte jóvenes indias que, en un detalle de auténtico estratega militar, cedió a sus principales lugartenientes. Resultaba imposible no desear algo así, aunque si algún día conseguían tener su propia hacienda una de aquellas indias podría ser una buena madre; eran fogosas y trabajadoras. 
 (...)

(CONTINÚA en…)

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