En la popa, un grupo de marineros
comenzó a hacer gestos obscenos mientras vociferaban, entre carcajadas. Los
españoles contemplaban el espectáculo que se abría ante sus ojos, les habían
prometido riquezas y toda suerte de bienaventuranzas en un nuevo mundo que nada
tenía que ver con el paraíso, según iban descubriendo cada día a fuerza de dura
lucha. Llevaban varios meses desde que embarcaron en que habían conocido en
propia carne el hambre y la enfermedad, la furia de los elementos y la crueldad
de los indígenas en claro intento de defenderse de los que consideraban sus
invasores. Así y todo, la esperanza de realizar su sueño en una tierra sin explotar,
donde podrían erigirse en propietarios y construir su proyecto de vida, era
acicate suficiente para seguir adelante, a pesar de las contrariedades que se
iban encontrando. No todo era como se lo habían prometido, costaba avanzar
camino cada jornada, pero esa fe les mantenía, además, ya no había vuelta
atrás. Aquellos momentos en que podían permitirse divagar con los pormenores de
su sueño constituían un remanso y el único consuelo con que afrontar la
incierta misión del día siguiente.
–Dicen que vive con ellos en su
tribu, dentro de la selva... –dijo el joven soldado sin quitar la vista de las
mujeres que en la playa dudaban entre ocultarse o permanecer.
–Yo también lo oí en Cuba. Por lo
visto se ha convertido en su jefe, va vestido como ellos y habla su idioma –le
contestó su compañero, un corpulento extremeño de mandíbula cuadrada–. Creo,
además, que tiene un harén entero de nativas vírgenes a su disposición, ¡para
elegir a placer!...
(CONTINÚA en…)
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