–Dentro de una semana exacta en mi refugio de la costa… –había señalado ella.
Rodeó la casa, pero no encontró
rastro del coche de Sally; llegaría más tarde, sin duda. El viento y la lluvia
le obligaron a cobijarse en el porche y, entonces, comprobó que la puerta se
encontraba entreabierta; la empujó levemente y cedió. Con un pie dentro, golpeó
la madera con los nudillos dos veces seguidas…
–¿Sally? ¿Sally, estás ahí?
No obtuvo respuesta, pero
insistió:
–¿Hay alguien…?
Observó el interior pulcro y
ordenado. Le llamó la atención la claridad que iluminaba la estancia, a través
del enorme ventanal que daba al jardín, a pesar del tono ceniciento que estaba
adquiriendo el cielo. Siempre le había oído hablar de su casa en la costa y se
animó a entrar; aprovecharía para echar un vistazo.
Un separador de mimbre entrelazado
hacía las veces de vestíbulo, ahora recogido contra la pared, por lo que nada
más entrar se halló de pleno en el salón principal. Se trataba de una sala
amplia y espaciosa, de muebles modernos y funcionales, que daban una sensación
de confortable intimidad. Contempló los cuadros. Excepto las dos láminas del
vestíbulo de entrada, las demás eran pinturas auténticas: paisajes al óleo de
marinas y escenas campestres, un bodegón y una composición informal de temas
abstractos, en tonos vivos, que no desentonaba con el ambiente acogedor que
respiraba la sala.
Una chimenea antigua de piedra presidía la pared del fondo, entre dos cabezas disecadas de corzos; y, del lateral, un pasillo enmoquetado conducía a las habitaciones. Exploró y revisó una a una, con los cinco sentidos pendientes de atrás, atento a cualquier ruido que delatase la llegada de Sally.
(...)
(CONTINÚA en…)
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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !



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