miércoles, enero 02, 2008

ALTOS VUELOS



    Cuando escuchó el descorrer metálico del cerrojo se incorporó del duro camastro; le sonó a música enviada por el mismo Febo. El soldado hizo un gesto para que saliera y ella obedeció, atusándose el cabello, desgreñado tras varios meses de sórdida e incondicional prisión. Le costaba creer que los dioses se hubieran apiadado de su destino, acostumbrada a dudar de cualquier tipo de generosidad. Cuando estuvo ante el centurión que le daba la libertad, supo que el emperador andaba detrás de aquella situación. No era la primera vez que la familia imperial acudía a sus favores y, sin duda, el precio quedaba aún por dirimir. Se lo confirmó el tribuno de la cohorte pretoriana Polion, como en ocasiones anteriores, que le aguardaba en el vestíbulo; en un rincón de la amplia sala le puso al tanto de todos los pormenores. El tono brusco y cortante de sus palabras le puso en guardia:

–No puedes equivocarte esta vez, ¿lo entiendes? –el gesto del dedo del guardia rodeando el cuello resultó bastante explícito.

 Locusta no se equivocaba demasiado; no era el emperador, sino su madre, la auténtica dueña del poder en la sombra, quien ahora requería de sus artes. Sin duda se trataba de algo verdaderamente serio, como todo lo que rodeaba a la familia imperial. Ya trabajó antes para ellos, comenzó con un pequeño encargo al que le sucedieron otros más, hasta convertirse precisamente en su medio de subsistencia; le contentaba el hecho de que había logrado hallar una fuente de riqueza segura en tiempos difíciles para una mujer como ella. De otra manera, habría tenido que conformarse con la vida dura de una campesina, trabajando la tierra de sol a sol; o tal vez la prostitución, otra salida que ya conocía, la última, la que siempre prefirió posponer. Sus conocimientos de las hierbas y frutos del bosque habían servido para evitarla. Así, sus ungüentos, pócimas y brebajes eran el producto que, más que anhelar, exigían sus clientes. Unos clientes, además, muy particulares.

 Estaba acostumbrada al ambiente sibilino de los personajes que pululaban alrededor del palacio. También ella había cambiado, su inocencia de juventud se esfumó rápida entre semejante compañía, una auténtica selva de salvajes despiadados, capaces de confabular, traicionarse y acabar matándose entre ellos, sin conmiseración de ningún tipo. Había aprendido a no tener escrúpulos ni sentimientos, al contrario, debía mantenerse fría como un veneno, si quería sobrevivir. Los únicos que podían permitirse sentir eran sus víctimas.

 Siempre era por mediación del tribuno Polion Julio como ella entraba en acción; tan sólo debía elegir el método de eliminación, en función de los intereses del cliente. Pero esta vez fue con Agripina con quien trató en persona. 
   Su presencia, en un principio, le impuso; le costó disimular un minúsculo temblor de sus manos, que entrelazó detrás del talle. Agripina era una mujer bella, aunque no una gran belleza. Al escuchar sus palabras, se revelaba fluída, certera; a Locusta le vino a la mente el olor del arsénico. Sus órdenes eran tajantes, rotundas; no preguntaba, no escuchaba sino lo que esperaba recibir. Había logrado convertirse en emperatriz, al casarse con Claudio, su tío. En este sentido, su vida había sido un constante ascenso vertiginoso al poder. 
(...)

(CONTINÚA en…)

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¡ FELICES LECTURAS, AMIGOS/AS !

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