–No puedes equivocarte esta vez, ¿lo
entiendes? –el gesto del dedo del guardia rodeando el cuello resultó bastante
explícito.
Locusta no se equivocaba demasiado; no era el emperador, sino su madre, la auténtica dueña del poder en la sombra, quien ahora requería de sus artes. Sin duda se trataba de algo verdaderamente serio, como todo lo que rodeaba a la familia imperial. Ya trabajó antes para ellos, comenzó con un pequeño encargo al que le sucedieron otros más, hasta convertirse precisamente en su medio de subsistencia; le contentaba el hecho de que había logrado hallar una fuente de riqueza segura en tiempos difíciles para una mujer como ella. De otra manera, habría tenido que conformarse con la vida dura de una campesina, trabajando la tierra de sol a sol; o tal vez la prostitución, otra salida que ya conocía, la última, la que siempre prefirió posponer. Sus conocimientos de las hierbas y frutos del bosque habían servido para evitarla. Así, sus ungüentos, pócimas y brebajes eran el producto que, más que anhelar, exigían sus clientes. Unos clientes, además, muy particulares.
Estaba acostumbrada al ambiente
sibilino de los personajes que pululaban alrededor del palacio. También ella
había cambiado, su inocencia de juventud se esfumó rápida entre semejante
compañía, una auténtica selva de salvajes despiadados, capaces de confabular,
traicionarse y acabar matándose entre ellos, sin conmiseración de ningún tipo.
Había aprendido a no tener escrúpulos ni sentimientos, al contrario, debía
mantenerse fría como un veneno, si quería sobrevivir. Los únicos que podían
permitirse sentir eran sus víctimas.
Siempre era por mediación del tribuno Polion Julio como ella entraba en
acción; tan sólo debía elegir el método de eliminación, en función de los
intereses del cliente. Pero esta vez fue con Agripina con quien trató en
persona. (CONTINÚA en…)
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