jueves, mayo 14, 2009

ENTRE DIOSAS




El macizo montañoso emergía su pared majestuosa de piedra y marcaba, imponente, el final de la carretera. En el valle eran frecuentes las excursiones para contemplar tan admirable paraje, cada fin de semana se transformaba en un animado festival de vehículos, turistas o cazadores. Marlon se caló el sombrero hasta las cejas y resopló, para él aquellas montañas eran las diosas del lugar, hacía muchos años que escogió vivir a su amparo, sumergido en la frondosa ladera de su falda rocosa. Sin embargo, en esta ocasión eran los automóviles de la policía y de los periodistas los que perturbaban el habitual sueño en las inmediaciones de su cabaña.
A Marlon le pareció un tanto insolente el tono con el que el comisario se refirió a la montaña cuando le preguntó acerca del antiguo sendero que se adentraba en el bosque. Toda aquella historia del atraco y del fugado con el rehén internados en la espesura, le sabía truculenta. Llevaba toda una vida a lomos de aquella cordillera, pocos como él conocían cada rincón, cada recoveco de la comarca con tanto atino, pero perderse por primera vez en aquel laberinto de riscos y simas no dejaba de ser una fatal locura. El trampero echó atrás su sombrero y escrutó la densa capa de niebla que ya ocultaba la cumbre.
-Si es cierto que están ahí dentro será la montaña quien decida...
Al comisario no le quedó clara la enigmática respuesta del trampero. Aquel fornido cincuentón desafiaba toda lógica con su estrafalario modo de vida en su cabaña al pie de la montaña, sin luz ni gas, tan sólo leña para alimentar la chimenea y ahumar las pieles que colgaban alineadas en el porche. Había oído hablar de él, en una ocasión recuperó, sin ayuda de nadie, toda una yeguada extraviada que se había escapado monte adentro, desde entonces se granjeó el respeto de sus paisanos. Pero el comisario no encontró el compromiso que le habían asegurado los lugareños para resolver aquel caso, que colocaba a la comarca en las principales páginas de todos los noticieros.
El perseguido andaba escondido en algún rincón de aquella montaña. Después de desvalijar la sucursal bancaria a punta de fusil había secuestrado a su hijastro de once años, antes hirió a la madre del muchacho. En su desesperada huida no encontraron mejor refugio que atravesar a pie aquella cordillera fantasmagórica. El raptor maldijo el empeoramiento climático que se sumaba a aquella cadena de desgraciadas circunstancias. La niebla se deshilachaba entre los árboles e imposibilitaba adivinar el rumbo próximo de sus pasos, además el joven muchacho tiritaba de frío y entorpecía la marcha con sus sollozos cada vez que el padrastro le empujaba a trompicones o le profería insultos amenazantes mientras le encañonaba. Sobre sus cabezas, los rebecos saltaban con agilidad entre las peñas y el hombre escudriñaba a su alrededor, inquieto, pues había que guarecerse antes de que la noche cayera. 
(...)
                                           *<<Publicado en Revista Amalgama, 2004-05.>> 
© Luis Tamargo.-

(CONTINÚA en…)

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