domingo, octubre 25, 2009

EN EL TEMPLO


   Desde que El Montañés llegó a la costa pudo comprobar que las aguas verdes del Mar Menor escondían más secretos de lo que a simple vista pudieran ofrecer. Observó también la estrecha senda de arena que las olas descubrían al apartarse y que comunicaba con el Palacio de Morjor, horadado en las entrañas del islote del mismo nombre.
Aprovechó para reponer fuerzas y aguardó confundido entre las rocas del acantilado como otra sombra más, recortado entre los rojos y amarillos del crepúsculo. Aquella era la noche. Por eso, cuando el mar retrocedió El Montañés avanzó a pie por la orilla de aquella lengua de arena, para no dejar huella. Ya en la entrada se topó con el guardián, sorprendido en el primer sueño. Cuando el amanecer llegase lo encontraría así, dormido para siempre en la herida abierta de su cuello. El Montañés cruzó los amplios corredores con la daga del guardián. A través del enrejado pudo observar a las vírgenes en inquieto revuelo, nerviosas, quizás por las novedades que se presentían. Algunas aún sin velo acercaban su hermoso rostro al enrejado, curiosas. Del fondo del pasillo, apresurado, surgió el otro guardián que custodiaba la puerta del santuario, pero antes de que desenvainara la daga del Montañés silbó una canción de muerte al clavarse en su pecho. No había tiempo que perder, así que exploró cada rincón del recinto hasta dar con lo que andaba buscando, justo sobre el altar. Luego, empuñando el vaso sagrado de Rankha, abandonó el Palacio por el pasillo de arena que se abría entre las olas.
Se dirigía al lugar donde le aguardaba su montura cuando algo hizo que se agazapara, inmóvil. Siempre ataba a su yegua con media vuelta, estaba enseñada a soltarse ella misma en caso de peligro, por lo que aquel resoplido impotente solo auguraba imprevistos. No tardó en distinguir al grupo de soldados del relevo de la guardia, apostados a la espera entre los árboles. Con sigilo, se arrastró en dirección al acantilado para ocultarse. Desde allí, podía observar el trajín de caballería que atravesaba el pasaje de arena hacia el islote del Palacio; habían dado ya la señal de alerta. Especialmente se fijó en aquel jinete de capa larga y turbante malva, parecía algo más que un cabecilla. Dos cadenas doradas le pendían del pecho y sus gestos eran enérgicos al impartir las órdenes.
(...)
   

(CONTINÚA en…)

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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

2 comentarios:

Trini Reina dijo...

Pobres virgenes, qué culpa tendrían de nada.

Buen relato Luis.

Tengo que decirte que me cuesta leer de esta manera que los preparas. A veces la letra se confunde con el fondo y mi vista no es muy buena.

Abrazos

EntreRenglones dijo...

...Sí, Trini, reconozco que distinguir la letra puede resultar dificultoso en algunas de las presentaciones, pero estos relatos ya les tengo escritos también en otros de mis blogs. No obstante, amiga, tomo nota de la sugerencia. Tal vez cuando disponga de más tiempo me decida a incluir el texto completo. Gracias por tu seguimiento, Trini... TE SALUDO: