Era otra
sombra más que, al amparo de la oscuridad, se abría paso entre los tejados de
la ciudad dormida. Una media luna menguante rasgaba el cielo, pero nadie
observó las sombras que se proyectaron en los edificios próximos ni oyó
resbalar los pasos sobre las cúpulas doradas de Nathamyâe. En otro tiempo fue
capital del imperio, aunque hoy solo la presencia del palacio imperial
recordaba la solemnidad de su pasado glorioso. Sus dependencias guardaban otro
vestigio de no menos valor, la hija única del emperador dormía plácida en la
sala alta de la torre, custodiada por la guardia que su padre destinó a tal
misión. La antigua capital ocupaba un enclave privilegiado y, desde su otero
estratégico, dominaba el estrecho de Isla Dhizdo, paso obligado al puerto de El
Piergel y otras ciudades costeras. Allí, es frecuente en esta época el viento
del sur que trae el calor que las dunas del desierto almacenaron durante el día
y, desde lo alto de la torre, puede avistarse la costa cercana, al tiempo que
se deja notar la brisa suave que inunda la estancia donde descansa la princesa,
rendida, tranquila y ajena a las sombras que cruzan la noche.
Una de
esas sombras se descuelga por la cornisa y, sigilosa, se adentra por la ventana
en la habitación. Un brillo metálico delata el arma que empuña y, por breves
instantes, cobra forma humana confundida entre los visillos. En la noche cálida
la brisa costera mece los visillos transparentes que se adhieren al cuerpo del
hombre que empuña la daga y de la otra sombra que, momentos
atrás, acechaba oculta. Tampoco se oyó ni un grito, solo el deslizante filo
entre los visillos y el hombre de la daga cayó desplomado torre abajo. El
estrépito del arma no desveló el sueño en Palacio y, con el mismo sigilo que
llegó, la primera sombra desapareció sobre las azoteas antes de que el alba
despuntara vigilante.
(...)

(CONTINÚA en…)
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