–No te preocupes, cariño. Aquí os esperaré, pasadlo bien –le había dicho a
su mujer, en tono animoso, cuando se despidió de ellos por la mañana.
Lo primero que hizo fue recoger
todo lo que habían dejado desperdigado por el suelo; le mantuvo ocupado más
tiempo de lo que pensó en un principio. Había que ver la cantidad de
cachivaches y juguetes que aquellos críos eran capaces de remover y desordenar.
Entre los cuentos y revistas que había debajo de la mesa del salón encontró el
mando del televisor; siempre ponían el volumen demasiado alto y aprovechó para
apagarlo. Por un instante permaneció dubitativo, tal vez se lo propusiera, ser
capaz de no encender aquel condenado aparato…
Mariette le había dejado preparada una cacerola de pasta que sólo debía
calentar y volver a guardar en la nevera, así tendría para tres o cuatro días,
casi para la semana que iban a estar fuera. Hasta el mediodía se dedicó a
retomar la lectura de aquel libro que tenía pendiente desde el invierno
anterior y que, por fin, logró terminar. Después de comer buscó entre las
estanterías de la biblioteca y dio con tres títulos con los que nunca antes se
había atrevido: Tólstoi, Lorca o Faulkner… ¿Por qué no? Era la ocasión; comenzó
por el ruso.
A media tarde levantó la vista de las páginas que le habían mantenido embelesado y, por unos momentos, aún se mantuvo así, entre absorto y alucinado, envuelto en una especie de aura extraña, que el silencio parecía haber tejido a su alrededor.
–Debe de ser la falta de costumbre –pensó–, estamos poco habituados al
silencio...
Le llamaron la atención los
sonidos que el silencio escondía en su aparente insignificancia. Podía escuchar
la radio de la vecina del piso de abajo, una anciana de la que incluso
distinguía los pasos mezclados con el ritmo de la cachaba que le acompañaba por
el pasillo y, también, la campana del reloj de pared que en cada cuarto se
hacía notar. El teléfono sólo se dejó oír en una ocasión, cuando Mariette llamó
para confirmar que el viaje transcurrió pesado, pero bien; que hacía mejor que
allí y que su hermana le enviaba recuerdos. Aquella noche tardó en dormirse más
de lo acostumbrado, echaba en falta algo que no acertaba a definir, se hallaba
demasiado despierto, le pesaba el vacío. En el silencio de la noche la calle se
pobló de ruidos vivos; reparó por vez primera en el estruendo que armaba el
camión de la basura en la recogida de los contenedores y, también, en el golpe
brusco que la puerta del garaje emitía cada vez que se cerraba. Nunca imaginó
que las sirenas de las ambulancias sonasen tanto durante la noche
Al día siguiente salió a dar una vuelta por la ciudad. Bajó hasta Parque Cavour, dobló por las callejuelas estrechas de la zona de bares y, evitando los locales comerciales del Boulevard de Viteleschi, bordeó la alameda, hasta desembocar por el puente que atravesaba el río, en la margen derecha, más tranquila para pasear, donde sólo algunas parejas ocupaban los bancos del parque y donde, de vez en cuando, pasaba corriendo algún gimnasta concentrado en el ejercicio. Sin embargo, le daba vueltas en su cabeza a lo último que había leído y apresuró el paso de regreso a casa; quería llegar cuanto antes para continuar la historia y acabar con la incertidumbre. Antes se desvió por la calle Morosini, atiborrada de turistas y comercios, para alcanzar la Plaza Sonnino, donde se celebraba la Feria del Libro; allí se entretuvo sin prisa en seleccionar las próximas lecturas que le ocuparían en aquellos días y, al final, terminó por volver mucho más cargado de lo que proyectó.
(CONTINÚA en…)
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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !



1 comentario:
muy entretenido Luis, enhorabuena.
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