-¡No puede ser, Gina, pellízcame, por favor! –Max no ocultaba su sorpresa.
Gina se le llevó al final de la
barra, prefería evitar las cercanías del mostrador y el ajetreo de clientes
que, tarde o temprano, acabarían por interrumpir o entrometerse en la
conversación. La aparición de Max venía que ni pintada para cambiar impresiones
con antiguos recuerdos y oxigenar las últimas experiencias, demasiado
maltrechas; le vendría bien renovarse con un poco de aire fresco.
Se sentaron a la penumbra de una
de las mesas bajas, mientras Max le explicaba con apresurado entusiasmo los
motivos de su presencia en aquel lugar. Habían llegado al mediodía y mañana
iban a rodar unos exteriores para su próxima película, unas tomas sueltas de
fondo para el escenario de otro de sus éxitos asegurados, antes de proseguir
viaje...
-…Ya sabes. –Max sonrió entre risitas cómplices- Si no sale uno a tomar una copa y conocer el ambiente nocturno de las ciudades por las que pasa…
Gina posó su mano sobre el brazo de
Max, que sostenía la copa, en un gesto de amigable camaradería, sin dejar de
prestar atención a las explicaciones de sus proyectos, llenos de nombres y
lugares que nunca antes había oído. Pero atendía sin escucharle, ignoraba por
qué sus palabras no atravesaban la muralla que se había levantado entre ambos,
a pesar de encontrarse tan cerca. No podía quitarse de la cabeza la última cita
del día anterior, aquel cliente borracho que le obligó a dormir toda la noche en el sofá. Apenas
durmió, en vela, pendiente de acostarse junto a él de madrugada, semidesnuda,
para que al despertar no hubiera dudas del trato pactado. Sí, aquel fue un
dinero fácil comparado con otras ocasiones, menos afortunadas, desagradables o
violentas incluso. Era un hotel de poca monta, a una manzana del local, donde
ya la conocían. Allí tenía su habitación disponible para la ocasión, su propio
negocio. Había días de mayor recaudación y noches de insomnio, a un precio
imposible, pero a ella le bastaba con poco. No se podía improvisar cuando la
supervivencia estaba en juego; el precio arriesgado podía tornarse caro. Había
aprendido a elegir y decir no; tampoco iba a complicarse por un plato de mal
gusto, así que practicaba el arte de seleccionar para ganarse el sustento con
la menor dificultad posible. Era la primera vez en muchos años que se topaba
con alguien cercano a su pasado. Sin embargo, Gina manifestó su alegría sin
entregarse…
-…¿Y Alex? –la pregunta se le escapó de los labios.
Max dio vueltas a los hielos del
vaso y, por unos instantes, pareció meditar en círculos.
-Supongo que era una pregunta inevitable. Lo siento, Gina, no quería…
-Ya no me importa, Max…
Antes de que la foto de Alex Cerone saliera en las portadas de las revistas, Gina trabajó duro junto al prometedor director, ambos sacaron tablas de tantos proyectos compartidos; era la ilusión lo que les impulsaba a esforzarse más allá del límite, no había boato entonces ni malsana ambición. También tuvieron tiempo de estrechar lazos.



4 comentarios:
Fin de la costa y fin de una vida...
Recuerdo haberte leído antes este relato. Me alegra haberlo leído de nuevo. Siempre es un placer leerte Luís.
Un abrazo
...Sí, Trini, al fin de la costa le sigue el comienzo del vasto océano. Hoy relatos, antes poemas y -¡quién sabe!- mañana tal vez novelas, historias sin fronteras...
GRACIAS, AMIGA:
Lee... los finales siempre son con briche de oro.
El camino termina justamente donde uno lo decide... y la causa de muerte natural existe o por voluntad existe..ñ. claro que si!
Me pregunto que suecede cuando en neustra vida se terminan las sorpresas, las ganas de... quizás desde entonces ya se esté muerto, no cree?.
Un fuerte abrazo :)
...Caminar hacia una meta da sentido al viaje. Pero sí, Bettina, las ganas lo son todo, casi la mejor parte del trayecto...
GRACIAS A TI:
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