–El jefe quiere que pases por el despacho –Abel nunca miraba de frente al
hablar–, ahora mismo.
La puerta del despacho estaba
abierta y Luis vio sentada a Ana, la directora de Recursos Humanos; y el jefe,
detrás, de pie, observando el ordenador encendido sobre la mesa.
–Hola, Luis, adelante– ordenó–. Pasa.
Saludó y se sentó, con Ana a su derecha y el jefe enfrente, que acababa de ocupar su asiento, parapetado tras el portátil.
Aquella situación no le resultaba
extraña, siempre se mantuvo alerta, tanto en el trabajo como en la vida, nada
se podía dar por zanjado, sobre todo en aquellos tiempos en que las crisis
económicas causaban demasiadas catástrofes de índole personal. El panorama
laboral no estaba para tirar cohetes, al contrario, se había convertido en una
auténtica bomba. Y Luis preveía el estallido inminente. Lentamente escuchó lo
que no habría querido oír, que prescindían de sus servicios, desde aquel
preciso momento… ¿Las causas? Hay que justificarlo legalmente, por supuesto: no
cumplía los objetivos, o sea, que no encajaba con los planes que sólo ellos
marcaban. Pero Luis no protestó ni se quejó, la edad podía convertirse en un
arma de doble filo y, en aquel momento, era un lastre que no contaba a su
favor; tampoco era mayor con cincuenta y ocho años, se conservaba bien, pero la
ley interpretaba las cifras con una vara de medir rasa, que no admitía compasión. Los empresarios lo sabían mejor
que nadie, porque eran los primeros en buscar la trampa. Y ante él tenía a los
ejecutores. Firmó sin rechistar aquel documento para que la empresa le
indemnizara, a cambio ellos reconocían la improcedencia del despido y todos
contentos: él se largaba para casa y ellos a sus quehaceres. No obstante, tuvo
también que escuchar la retahíla que solían regalar a todo el que se acercaba a
aquel patíbulo:
–Si no, tendríamos que acusarte de que has pegado a un superior o…–La
directora se lo sabía de carretilla, de tanto repetirlo.
–Está bien–Luis interrumpió la desagradable perorata, mientras firmaba–,
conmigo no váis a tener problema.
Con la mirada absorta en el abismo, su mente rebobinaba ahora la secuencia que pasaba frente a él. Fue el primero que empezó a trabajar allí, digitalizando los fines de semana, ocho horas cada sábado y cada domingo; algo era algo, se decía entonces. Tuvo la recompensa esperada, al comenzar el nuevo año, cuando le propusieron un contrato de jornada completa, que aceptó sin dudarlo. Hacía dos años y medio de aquel inicio. Más de dos años en los que había desempeñado su trabajo con meticulosidad, era un profesional; después de toda una vida trabajando, no sabría hacerlo de otro modo. En sus anteriores empresas también obró así, pensaba que valorarían el esfuerzo, la dedicación. Pero el término sacrificio no representaba idéntico significado para los directivos; ellos siempre lo entendían en forma de cabezas rodantes.



2 comentarios:
Feliz entrada de año Lee, que cunda como el anterior.
Saludos.
...Igualmente, amigo Makiavelo:
¡O mejor incluso! ¡Que así sea!
FELIZ 2009:
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