Habría
reconocido aquella figura envuelta en la capa en el último confín del mundo. No
era la primera vez que se topaba con el canoso barbudo y sus inconfundibles
cadenas doradas cruzándole el pecho, como tampoco era aquella la única
tempestad de arena en mitad del desierto. El Montañés ya presintió algo antes
de desatarse el airado vendaval, tal vez por los sospechosos movimientos de uno
de los guías de adelante hacia atrás de la caravana y que después desapareciera
al galope sobre el corcel fresco que condujo de las riendas durante todo el
trayecto. El resto de los mercaderes intercambiaron miradas desconfiadas entre
sí, aquello era lo que parecía y la emboscada estaba ya pergeñada. Pero ni los
propios bandidos contaron con el caprichoso hado del desierto. El cielo
oscureció al tiempo que un repentino viento sacudía las túnicas de los hombres
que, cubriéndose el rostro, se apresuraron a parapetarse tras el cargamento de
los camellos. El Montañés escogió una pronunciada duna, algo alejada del grupo
y, tumbado boca abajo, aguardó a que la tormenta pasara por encima suyo. Le
resultaba imposible ver ni oír, solo sintió los cascos de los animales golpear
en el suelo. Cuando logró asomar la cabeza al frente fue cuando pudo observar
cómo los malhechores, dirigidos por el barbudo de la capa, se hacían con el
botín de la caravana y, también, comprobó cómo acabaron con la vida de los
sobrevivientes, rematándoles sin escrúpulos. Ya conocía los modos de aquella
banda de salteadores, su perplejidad vino al divisar entre
la espesa niebla de arena la silueta recortada de los otros jinetes, inmóviles,
escrutando las intenciones últimas del pillaje. Luego, cuando los ladrones
pusieron fin a su faena y decidieron marchar, el otro grupo de jinetes
fantasmas desapareció también, sigiloso, tras la duna... Algo en el lento y
grácil cabalgar de aquellas monturas trajo a la mente de El Montañés el
recuerdo de las leyendas, sí, otra vez las diosas del desierto surgían en su
camino.
Se
arrastró hasta el lugar del asalto, entre los cuerpos semienterrados, atraído
por los gemidos de uno de ellos, malherido. La daga le había atravesado el
omóplato de parte a parte, pero sin conseguir matarlo. El Montañés lo envolvió
con las ropas de otro cadáver y taponó la herida. Luego, lo izó del otro hombro
y lo obligó a caminar en dirección a la duna que había servido de otero a los
jinetes fantasmas. Se dejaron caer por la pendiente suave y larga y, a duras
penas, aún remontaron otra duna más elevada. Entonces, desde lo alto,
vislumbraron las copas verdes del oasis, semejaban torres fortificadas de un
paraíso perdido en la arena. Y no era un espejismo porque ambos lo vieron y
porque el herido pareció recobrar fuerzas acelerando el paso hacia el vergel.
Antes de
alcanzar sus orillas las gentes del oasis salieron al encuentro. Se llevaron en
palio al guía herido y agasajaron a El Montañés con comida y vestimenta limpia.
Los efluvios del aguardiente, después, le ayudaron a descansar. A la mañana
siguiente, El Montañés pudo disfrutar del primer baño en varios meses. Luego,
le condujeron a la amplia sala donde, sentado, esperaba el hombre que rescató
de la caravana. Su aspecto aseado y bien atendido le hacía parecer otro. Les dejaron
a solas y conversaron durante horas, de modo que El Montañés pudo conocer
algunos detalles importantes para entender el significado de los acontecimientos
más recientes.
(...)
(CONTINÚA en…)
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¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !
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