domingo, noviembre 08, 2009

HORIZONTE DE ARENA


   Habría reconocido aquella figura envuelta en la capa en el último confín del mundo. No era la primera vez que se topaba con el canoso barbudo y sus inconfundibles cadenas doradas cruzándole el pecho, como tampoco era aquella la única tempestad de arena en mitad del desierto. El Montañés ya presintió algo antes de desatarse el airado vendaval, tal vez por los sospechosos movimientos de uno de los guías de adelante hacia atrás de la caravana y que después desapareciera al galope sobre el corcel fresco que condujo de las riendas durante todo el trayecto. El resto de los mercaderes intercambiaron miradas desconfiadas entre sí, aquello era lo que parecía y la emboscada estaba ya pergeñada. Pero ni los propios bandidos contaron con el caprichoso hado del desierto. El cielo oscureció al tiempo que un repentino viento sacudía las túnicas de los hombres que, cubriéndose el rostro, se apresuraron a parapetarse tras el cargamento de los camellos. El Montañés escogió una pronunciada duna, algo alejada del grupo y, tumbado boca abajo, aguardó a que la tormenta pasara por encima suyo. Le resultaba imposible ver ni oír, solo sintió los cascos de los animales golpear en el suelo. Cuando logró asomar la cabeza al frente fue cuando pudo observar cómo los malhechores, dirigidos por el barbudo de la capa, se hacían con el botín de la caravana y, también, comprobó cómo acabaron con la vida de los sobrevivientes, rematándoles sin escrúpulos. Ya conocía los modos de aquella banda de salteadores, su perplejidad vino al divisar entre la espesa niebla de arena la silueta recortada de los otros jinetes, inmóviles, escrutando las intenciones últimas del pillaje. Luego, cuando los ladrones pusieron fin a su faena y decidieron marchar, el otro grupo de jinetes fantasmas desapareció también, sigiloso, tras la duna... Algo en el lento y grácil cabalgar de aquellas monturas trajo a la mente de El Montañés el recuerdo de las leyendas, sí, otra vez las diosas del desierto surgían en su camino.
Se arrastró hasta el lugar del asalto, entre los cuerpos semienterrados, atraído por los gemidos de uno de ellos, malherido. La daga le había atravesado el omóplato de parte a parte, pero sin conseguir matarlo. El Montañés lo envolvió con las ropas de otro cadáver y taponó la herida. Luego, lo izó del otro hombro y lo obligó a caminar en dirección a la duna que había servido de otero a los jinetes fantasmas. Se dejaron caer por la pendiente suave y larga y, a duras penas, aún remontaron otra duna más elevada. Entonces, desde lo alto, vislumbraron las copas verdes del oasis, semejaban torres fortificadas de un paraíso perdido en la arena. Y no era un espejismo porque ambos lo vieron y porque el herido pareció recobrar fuerzas acelerando el paso hacia el vergel.
Antes de alcanzar sus orillas las gentes del oasis salieron al encuentro. Se llevaron en palio al guía herido y agasajaron a El Montañés con comida y vestimenta limpia. Los efluvios del aguardiente, después, le ayudaron a descansar. A la mañana siguiente, El Montañés pudo disfrutar del primer baño en varios meses. Luego, le condujeron a la amplia sala donde, sentado, esperaba el hombre que rescató de la caravana. Su aspecto aseado y bien atendido le hacía parecer otro. Les dejaron a solas y conversaron durante horas, de modo que El Montañés pudo conocer algunos detalles importantes para entender el significado de los acontecimientos más recientes.
(...)

(CONTINÚA en…)

http://amazon.com/author/luistamargo

¡ FELIZ LECTURA, AMIGOS/AS !

No hay comentarios: